
miércoles, 17 de febrero de 2010
invasión

jueves, 11 de febrero de 2010
big bang
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Primero, hay que cerrar los ojos. Así, dicen, se escucha la buena música. Bloquear los sentidos, para que el espíritu pueda iniciar sin obstáculos el ascenso. Un procedimiento cartesiano.
Recostado en su butaca, los ojos cerrados, el Dr. César Ameghino intenta concentrarse en la música que le llega desde el foso, en las voces de Fausto y Mefistófeles merodeando en el jardín de Margarita. Pero aun obedeciendo todas las reglas de la etiqueta, resulta difícil mantener la concentración. Desembarazarse del mundo. El Dr. Ameghino no es Descartes.
Las imágenes, al principio, son fugaces, casi incomprensibles. Gérmenes de pensamientos que no llegan a desarrollarse, retazos de objetos más o menos familiares. El olor del café del desayuno, la textura del diario La Nación entre las manos, hojas de periódico grandes como tapices del Oriente, ideales para ocultar el mundo, para ofrecer la ilusión de que nada hay más allá de esas páginas. Que son, sí, difíciles de maniobrar, pero precisamente porque el Universo es una máquina compleja, sólo comprensible para manos nobles y grandes espíritus.
Ese sábado, 25 de junio de 1910, el diario anunciaba que por la noche los porteños podrían observar al “temido cometa” Halley. La ilustración que acompañaba el anuncio, una vista del cometa desde un telescopio, parecía una de esas fotos con las que la policía difunde los rostros de los delincuentes peligrosos. El Dr. Ameghino no le prestó atención. Había decidido pasar una noche en la ópera, y no tenía interés –ni mucho menos miedo– en pasar la velada en un balcón, escrutando el cielo.
Con los ojos cerrados, recostado en su butaca, el Dr. Ameghino percibe un murmullo que comienza a expandirse por la sala. Al comienzo es difuso –“como la cola de un cometa”, piensa–, pero poco a poco cobra una presencia, esta vez sí, amenazante. Como si la estela gaseosa del cometa dificultara la respiración de los que esa noche están, como él, más interesados en los complicados espejismos de una ópera que en los prodigios que sacuden al Universo al otro lado de las puertas del teatro. La orquesta deja de tocar cuando las voces que llegan desde la platea superan las de los cantantes en el escenario. El Dr. Ameghino abre los ojos, como si despertara de un sueño. Las voces suenan como una maldición wagneriana, o como el grito anónimo que anuncia la muerte del compare Turiddu. “Ha volado el Colón”, dicen.
Rápido de reflejos, el director de orquesta da la orden de iniciar el Himno Nacional Argentino. Son pocos los que se quedan en el Teatro Ópera para cantarlo. La mayoría –el Dr. Ameghino entre ellos–, se dirige al nuevo Teatro Colón para presenciar la catástrofe o el milagro. En las cuadras que lo separan de la escena del atentado, el Dr. Ameghino recuerda que, esa noche, el Colón ofrecía la Manon de Massenet. Un espectáculo mediocre, para el que tenía reservada su butaca habitual –platea, N° 224–, pero al que había decidido, a último momento, no asistir. El Mefistofele de Boito le había parecido una apuesta más segura.
Al llegar, finalmente, al Colón, comprobó aliviado que el edificio no había volado por el aire, como había temido en un principio. Había, sí, algunos heridos, pero no había que lamentar víctimas fatales. La bomba había estallado en la platea, y había destrozado dos butacas que, por fortuna, esa noche estaban vacías. Una de ellas –pero esto el Dr. Ameghino recién lo supo al día siguiente, al leer indignado el diario La Nación– era la N° 224.
Nada se decía allí del cometa.

Primero, hay que cerrar los ojos. Así, dicen, se escucha la buena música. Bloquear los sentidos, para que el espíritu pueda iniciar sin obstáculos el ascenso. Un procedimiento cartesiano.
Recostado en su butaca, los ojos cerrados, el Dr. César Ameghino intenta concentrarse en la música que le llega desde el foso, en las voces de Fausto y Mefistófeles merodeando en el jardín de Margarita. Pero aun obedeciendo todas las reglas de la etiqueta, resulta difícil mantener la concentración. Desembarazarse del mundo. El Dr. Ameghino no es Descartes.
Las imágenes, al principio, son fugaces, casi incomprensibles. Gérmenes de pensamientos que no llegan a desarrollarse, retazos de objetos más o menos familiares. El olor del café del desayuno, la textura del diario La Nación entre las manos, hojas de periódico grandes como tapices del Oriente, ideales para ocultar el mundo, para ofrecer la ilusión de que nada hay más allá de esas páginas. Que son, sí, difíciles de maniobrar, pero precisamente porque el Universo es una máquina compleja, sólo comprensible para manos nobles y grandes espíritus.
Ese sábado, 25 de junio de 1910, el diario anunciaba que por la noche los porteños podrían observar al “temido cometa” Halley. La ilustración que acompañaba el anuncio, una vista del cometa desde un telescopio, parecía una de esas fotos con las que la policía difunde los rostros de los delincuentes peligrosos. El Dr. Ameghino no le prestó atención. Había decidido pasar una noche en la ópera, y no tenía interés –ni mucho menos miedo– en pasar la velada en un balcón, escrutando el cielo.
Con los ojos cerrados, recostado en su butaca, el Dr. Ameghino percibe un murmullo que comienza a expandirse por la sala. Al comienzo es difuso –“como la cola de un cometa”, piensa–, pero poco a poco cobra una presencia, esta vez sí, amenazante. Como si la estela gaseosa del cometa dificultara la respiración de los que esa noche están, como él, más interesados en los complicados espejismos de una ópera que en los prodigios que sacuden al Universo al otro lado de las puertas del teatro. La orquesta deja de tocar cuando las voces que llegan desde la platea superan las de los cantantes en el escenario. El Dr. Ameghino abre los ojos, como si despertara de un sueño. Las voces suenan como una maldición wagneriana, o como el grito anónimo que anuncia la muerte del compare Turiddu. “Ha volado el Colón”, dicen.
Rápido de reflejos, el director de orquesta da la orden de iniciar el Himno Nacional Argentino. Son pocos los que se quedan en el Teatro Ópera para cantarlo. La mayoría –el Dr. Ameghino entre ellos–, se dirige al nuevo Teatro Colón para presenciar la catástrofe o el milagro. En las cuadras que lo separan de la escena del atentado, el Dr. Ameghino recuerda que, esa noche, el Colón ofrecía la Manon de Massenet. Un espectáculo mediocre, para el que tenía reservada su butaca habitual –platea, N° 224–, pero al que había decidido, a último momento, no asistir. El Mefistofele de Boito le había parecido una apuesta más segura.
Al llegar, finalmente, al Colón, comprobó aliviado que el edificio no había volado por el aire, como había temido en un principio. Había, sí, algunos heridos, pero no había que lamentar víctimas fatales. La bomba había estallado en la platea, y había destrozado dos butacas que, por fortuna, esa noche estaban vacías. Una de ellas –pero esto el Dr. Ameghino recién lo supo al día siguiente, al leer indignado el diario La Nación– era la N° 224.
Nada se decía allí del cometa.
miércoles, 3 de febrero de 2010
la resistencia

Por esas cosas del cambio de horario o de hemisferio (cerebral), recién ayer pude ver Inglorious Basterds. El capricho bélico de Tarantino se había estrenado en los cines argentinos el día de mi partida, y estaba bajando de cartel cuando llegué a Italia. Y no, no es que mi viaje haya sido tan largo. Ocurre que, como de costumbre, los estrenos locales responden a una lógica extraña, un algoritmo complicado cuyas variables son la cantidad de espectadores previstos por las distribuidoras, multiplicado por la cantidad de salas, dividido por el número de granos de pochoclo que caben en un tablero de ajedrez. Paenza, ¿estás ahí?
Y, claro, imaginé que, al regresar a Buenos Aires, después de cinco meses, la película habría ya bajado de cartel. Y no. O sí, pero no tanto. Porque hay un cine, a pocos metros de mi casa, que todavía mostraba -aunque, más que mostrarlo, casi debería decir que lo ocultaba- el afiche con Brad Pitt, al lado de otro, mucho más grande, que anunciaba una banda de mariachis, o algo así. Es que de un tiempo a esta parte, algunos cines de la calle Corrientes sobreviven montando espectáculos en vivo, y proyectan películas con una resignación estoica. Como prisioneros de guerra.
Y ahora pienso que Bastardos Sin Gloria es un muy buen nombre para una banda de mariachis.
Lo cuento porque la sensación de mirar esa película en ese cine, un cine en avanzada etapa de descomposición, fue una experiencia extraordinaria. Nada de 3D, ni de Dolby 5.1, ni otros fetiches hi-tech por el estilo. Un cine de otro tiempo, en éste. Y no es nostalgia, porque podría decirse que la época de los cines-de-la-calle-Corrientes nunca fue mi época. Ni tampoco se trata del fundamentalismo retro de los defensores de vinilos -que, de acuerdo, suenan mucho mejor que el iPod, pero que a mí me hacen pensar en La naranja mecánica... ¿y ahora qué pasa, eh?-.
Quiero decir, que no pretendo elevar esa experiencia a máxima. No me interesa firmar un petitorio exigiendo que no desaparezcan los cines de la calle Corrientes. Éramos tres los que vimos, ayer por la tarde, Inglorious Basterds en el primer piso del Premier. Y fuimos felices, ahí y entonces. Por la película, claro. Pero sobre todo porque ese cine parecía, él mismo, a punto de estallar en una combustión instantánea.
El cine ideal, pensé, para que el FBI te espere a la salida, en una emboscada demasiado anunciada y por eso mismo irresistible.
martes, 2 de febrero de 2010
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