lunes, 15 de junio de 2009

los críticos


Diego Fischerman recuerda hoy en Página/12 la ya legendaria performance de Joshua Bell en el metro de Washington: aquella en la que uno de los mejores violinistas del mundo, con su Stadivarius de cinco millones de dólares en las manos, se puso a tocar partitas de Bach en la estación, en hora pico, y recibió como únicas respuestas apenas 27 dólares, un único oyente conmovido y otro más que lo reconoció debajo de su gorra de beisbol.
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Pero lo que a mí nunca que me quedó del todo claro, más allá de la primera reacción, casi risueña, al leer la historia, es cuáles deberían ser las conclusiones a extraer de esa experiencia. Es decir, ¿qué se quiso demostrar con semejante experimento? Y me lo pregunto porque yo mismo ensayé varias respuestas y ninguna me convence del todo. Por lo pronto, imagino a los usuarios del Metro de Washington pasando al lado de uno más de los tantos músicos callejeros que estamos acostumbrados a ver en los subtes de todas las ciudades. Y sí, algunos son mejores que otros, algunos son realmente buenos, pero eso es todo. Si uno recorre las estaciones preocupado por la jornada laboral en ciernes, pronto se acostumbra a ignorar todo cuanto lo rodea. Incluso cuando algo llama la atención -un cartel particularmente gracioso o indignante, una mujer demasiado hermosa, un sonido inusitadamente bello- apenas se limita uno a registrarlo, tomar nota y seguir adelante, sacudiendo la cabeza, entre incrédulo y optimista por el shock de cafeína a las ocho de la mañana.
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Quiero decir, que no se trata de insensibilidad a la música, sino de lisa y llana alienación. Lo cual lleva a preguntarse por la situación complementaria: es decir, Joshua Bell ya no en el Metro, con jeans, zapatillas y gorra de beisbol, sino en el Lincoln Center, de etiqueta, ante un público que no llegó allí precisamente en subte. Gente que lo aplaude, pero que, como sugiere T. W. Adorno en una de las páginas más encendidas de sus Disonancias, aplaude en realidad los cientos de dólares con los que pudo pagar su entrada. Al igual que a los usuarios del Metro de Washington, a las buenas gentes del Lincoln Center que sean Joshua Bell y su Stradivarius los que están ahí arriba les da, en teoría, exactamente lo mismo.
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Y digo "en teoría", porque entonces habría que pensar en realizar el experimento correspondiente. Vestir de gala a un músico cualquiera del Metro de Washington y ponerlo a tocar en la función de gala del Lincoln Center y ver qué pasa. La idea no es original, por supuesto, y alguna vez leí algo acerca de otra leyenda urbana según la cual un puñado de respetables críticos musicales fue sometido a un experimento similar, del que sólo uno salió airoso. Nunca pude comprobar si el episodio efectivamente era cierto, pero en todo caso consistía en una variante del desafío Pepsi vs. Coca que se hizo popular en los noventas. Darles a los críticos grabaciones de artistas consagrados y de otros no tanto, sin decirles quién era quién, y ver qué pasaba. Una variante menos delictiva, fraudulenta e ilegal que el affaire Joyce Hatto.
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Hace poco, Pablo Gianera se preguntaba en su blog por los límites del periodismo cultural. Y sí, hay allí un problema, que afecta directamente a quienes de una u otra manera nos dedicamos a esas cuestiones, pero que excede el marco del periodismo cultural para convertirse en un problema del periodismo, a secas. Quedará para discusiones ulteriores, pero mi sensación, sobre todo a raíz de algunas conversaciones con el propio Pablo, es que uno a veces se siente como Joshua Bell, hablando para una o dos personas que se acercan con genuina curiosidad. El resto pasa de largo, pero, una vez más, no creo que sea por ignorancia o desinterés.
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A la inversa, a veces son los propios periodistas/críticos los que parecen tener un Stradivarius delante de sus narices y pasan de largo olímpicamente. Pero ni siquiera los críticos que perdieron el tren son los malos de la película. El villano de turno sabe esconder bien sus pasos, y seguramente disfruta al ver a los músicos, los críticos y el público echándose la culpa unos a otros. Como Keyser Söze, sabe hacernos creer que en realidad no existe, aunque a veces es difícil no percibir su presencia. Y siempre se sale con la suya.
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Dicen que el periodismo cultural es también un trabajo de detectives, de noches de insomnio, de whisky y, en ocasiones, mujeres fatales.
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Y, de vez en cuando, una persecución en el Metro.

3 comentarios:

diego fischerman dijo...

Una de las posibles interpretaciones del experimento, que fue periodístico y no científico, es que el contexto hace la obra (o por lo menos parte de ella). Si la Mona Lisa cuelga en la pared de una fonda, en medio de fotos de equipos y jugadores de fútbol (en Angelito de Villa Crespo, por ejemplo), nadie supondría que se trata de la verdadera y, por lo tanto, ni siquiera alguien interesado en la pintura le asignaría siquiera una mirada atenta. Si tuviera el marco original (ya parte del contexto y, curiosamente, de lo que le da valor) ya llamaría un poco la atención, aunque más no fuera por la perfección de la copia. De todas maneras, ayer escuché a Joshua Bell. Su interpretación, junto a Frederic Chiu, de la Sonata de Franck fue extraordinaria. El sonido, la afinación y el fraseo no son, ni de lejos, los de un estudiante, ni siquiera avanzado. Es posible que uno ande apurado pero, la verdad, hay que ser, además, muy sordo. Ese seudoexperimento, de todas maneras, me hizo acordar otro, del cual no recuerdo los detalles. Sí que se realizó en una universidad estadounidense, donde un grupo de críticos y profesores de música, habituales jurados en concursos y audiciones de admisión, debían ver varios videos de diferentes cuartetos de cuerdas, tocando una misma música, y juzgarlos. Una gran mayoría estimó que un cuarteto conformado por negros tenía gran vitalidad y poderío rítmico pero no era particularmente ajustado, que uno visiblemente japonés era perfecto pero frío y que, obviamente, el “blanco europeo” (que bien podía ser norteamericano) era el más equilibrado. Como ya habrás adivinado, lo de la “misma música” era literal. El audio, en todos los casos, era el mismo. El experimento tenía que ver con el tema de los prejuicios y la discriminación pero a mí se me ocurre otra cosa. Creo que yo hubiera escuchado cosas diferentes en cada caso, en principio porque suponía que debía escucharlas. Y la audición está lejos de ser un fenómeno puro. Lo que uno ve informa esa audición. No es lo mismo escuchar un pianista o un violinista que se mueve mucho, otro que no se mueve nada y un tercero que, nuevamente, muestra el venerado “equilibrio” que devino valor indiscutible en los años de nuestra (o por lo menos de mi) formación. Volvlendo a Bell, Sandra de la Fuente me comentaba que no podía verlo porque “tanta testosterona” le repugnaba un poco. En fin, espero lo contrario (de la testosterona) y en exceso (aunque eso genere un exceso de testosterona para una conocida parte del público) para dentro de una semana, cuando el violín esté en manos de Hilary Hahn.

Gustavo Fernández Walker dijo...

Gracias Diego! En efecto, el de los cuartetos de cuerda era el experimento del tipo "desafío Pepsi" que no recordaba. De todos modos, mi perplejidad pasa, más que por los objetivos de quienes realizan el experimento, por las conclusiones que se pretende extraer de él cuando se lo comenta a nivel mediático. En el caso de los cuartetos, una conclusión que se barajaba es que los críticos son unos chantas prejuiciosos (algo sólo parcialmente cierto). En el caso de Joshua Bell, un comentario frecuente fue una especie de "¡qué barbaridad!" al mejor estilo TN, como cuando en el noticiero central se comentó el experimento de remover los pájaros de la película de Hitchcock (eso lo comenté en la entrada del 9 de marzo, no sé cómo linkear). Se cree ver allí el acabóse de un empezóse que no se sabe bien donde está (nótese que "empezóse" rima con "Keyser Söze"). De todos modos, hay otro tipo de "escucha condicionada", además de la influencia del contexto en la consideración de la obra, y es el que, a falta de un término mejor, llamaría "sugestión". El caso testigo, supongo, será el de la acústica del Teatro Colón. Martín Liut menciona la importancia de los profesionales que supervisan ese tema, pero yo me pregunto si toda su experiencia será capaz de contrarrestar a una horda de melómanos que aseguren que "ya no se escucha como antes". Mi miedo es que, si todos nos ponemos de acuerdo en que la acústica se arruinó, pues entonces así será, digan lo que dijeren las mejores mediciones del mundo. Pero ese ya es otro experimento...

Martín Liut dijo...

Gustavo, ponele la firma que todos van a decir que el Colón "no suena" igual que antes. El operómano colonero es, por definición, nostálgico. Pero, como hemos discutido con Basso: "¿a qué antes nos referimos? Resulta que la acústica del Colón se fue "ajustando" durante casi 20 años. Cuando se inauguró, debido a su tamaño, el Tiempo de reverberación era demasiado largo. Esto se fue mejorando agregando cortinados por todos lados. Saludos, Martín