miércoles, 26 de agosto de 2009

el juicio de la historia


Los comentarios de Martín Liut al post anterior me dejaron pensando en un par de cuestiones. Hace poco, en una conversación con el compositor Marcelo Delgado surgió la misma inquietud: la ausencia de barricadas musicales como una especie de respetuoso temor al "juicio de la historia", a quedar atrapado en la vereda equivocada cuando en el futuro se tracen las coordenadas del presente.
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Creo que ambos aciertan en el diagnóstico -y en la consiguiente crítica a ese estado de cosas. Pero a mí, más que críticas, semejante cuadro de situación me provoca tristeza. Lisa Simpson justificaba el mutismo de su hermana Maggie apuntando que "es preferible no decir nada y que te tomen por tonto a abrir la boca y despejar las dudas". Y se ve que Reutemann no mira Los Simpsons.
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Pero no puede ser que nadie quiera abrir la boca por miedo al qué dirán. Podría ocurrir que, a causa de semejante mutismo, la historia tan temida decida olímpicamente ignorar a los que callan. Pero además, no habría por qué preocuparse: en el futuro, aplicando la misma regla, tampoco dirá nadie nada nunca.
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Y de acuerdo: todos recuerdan a Boulez invitando a quemar los teatros de ópera, a Stockhausen saludando a la instalación artística de Al-Qaeda en pleno Manhattan con ese nombre tan MoMA de "9-11", a los Beatles proclamando tenerla más grande que el mismísimo Hijo de Dios. Pero semejantes boutades empalidecen al lado del Marteau sans maître, de las Klavierstücke, del Álbum blanco, que son en última instancia las pruebas que los tribunales de la historia privilegian sobre los testimonios más o menos delirantes emitidos en estado de emoción violenta. Un ser absolutamente despreciable, racista y megalómano como Richard Wagner puede ser considerado -¡con justicia!- uno de los músicos más geniales de la historia. Y el juicio de la historia absolvió incluso a un nazi inescrupuloso como Carl Orff, que ni siquiera era un músico genial. Y pienso también en Paul Dukas, quemando toda su obra en su lecho de muerte, otro genio loco que perdió el juicio.
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Pero lo más ridículo de todo el asunto es que no queda del todo claro quiénes serán, en el futuro, los miembros del jurado que evaluarán el presente. Tengo para mí (siempre quise usar esta expresión, lo confieso) que las causas de hoy están casi condenadas de antemano a prescribir en silencio.
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No sé, tal vez exagero.
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La historia dirá.

2 comentarios:

Martín Liut dijo...

El problema es ver como algo malo a una obra de arte que no aspire a la "eternidad". En nombre de quedar en la historia también hubo mucha megalomanía. Hay muchos que pensamos que, tal vez, sería mejor empezar pensando en el aquí y ahora y no en el futuro. El futuro, visto como el salvoconducto, via "la historia me absolverá" de la incomprensión de tu respectivo presente. Es un alivio para todos: para el público y para los que crean. También, crean otra intensidad. Perdón por la autoreferencia, pero es lo que sentí el 5 de julio de 2003 cuando hicimos "Mayo, los sonidos de la Plaza", en la Plaza de Mayo. Una obra pensada para un sitio y un momento específicos. Para mi fue una experiencia extraordinaria. Qué se yo. Saludos (Martín, el optimista)

Gustavo Fernández Walker dijo...

Martín! Buenísimo lo que comentás... Es cierto: no se ve por qué cada nueva obra tiene que estar obligada a entrar en el panteón de las obras maestras o condenada al fracaso. O, peor, el escarnio. Me parece igualmente interesante la "autorreferencia": si mal no recuerdo, "Mayo" disparó también algunas discusiones, respecto de la obra, la circulación, la recepción del público, etc. Abrazo!