domingo, 17 de abril de 2011

el héroe y su identidad secreta

El otro día fuimos con Andrés a ver a Keith Jarrett. Todos saben que Jarrett es un tipo, digamos, difícil. Se levantó un par de veces, retó al público por las fotos, por los ruidos, pidió silencio, se quejó por el piano y al final nos mandó a todos a la mierda. Nosotros no vamos a ser tan exigentes, pero en el tema que viene ahora sí: les vamos a pedir que no hagan ruido, especialmente porque es el único tema de la noche en el que tengo que cantar. Y ya ven que soy un cantante por accidente.

El que habla es Diego García. "Andrés" es Andrés Calamaro. El tema en el que canta "por accidente" es ni más ni menos que el clásico "Hound Dog". Y yo confieso que, cuando pidió silencio, pensé: "¿Otra vez?" Pero no, nada que ver con Keith Jarrett, a no ser por esos momentos extraordinarios en los que uno siente que está presenciando el instante exacto en el que nace la música.

Y puede sonar exagerado, pero no lo es. Diego García (Valencia, 1976), tocó anoche en Boris (y la semana que viene en Ramos Mejía, La Plata y nuevamente en Buenos Aires, así que ya saben) y dio lo que bien podría llamarse una clase magistral para la seis cuerdas. "Hound Dog" cerró la primera parte del show, y Diego hizo trampa: no pidió silencio porque tuviera que cantar, sino porque, en medio del tema, desenchufó la guitarra y se despachó con un solo de otra dimensión. Y, claro, cuando la volvió enchufar, se vino abajo la sala. Inevitable pensar en Bob Dylan en el '66 y en aquella célebre indicación a los Hawks después de que algún ilustre desconocido le gritara aquello de "¡Judas!": Play it fuckin' loud!

La noche arrancó con un Diego que, casi imperceptiblemente, subió al escenario, agarró su guitarra y cruzó dos temas que parecen lejanos pero que, bien mirado, no lo son tanto: "Volver" y "Hit the Road, Jack". Para un músico itinerante, nada más adecuado. Después subieron Juan Pablo Rufino y Gastón Baremberg (bajo y batería, respectivamente) y se armó el verdadero power trio, con canciones de Twanguero, último disco del guitarrista, y con clásicos que parecían salidos de las mejores películas de Tarantino. Hasta se dio el gusto de darle la zapada de bautismo a la nueva Telecaster que, según contó, se acababa de comprar Calamaro. "¿Por qué no la probás en el show, a ver cómo suena?", parece que le dijo. Y parece que suena bien. Con "Frettin' Fingers", literalmente, le sacó humo.

Yo empecé a tocar la guitarra a los 7 u 8 años, cuando escuché a Chet Atkins. Bueno, escuché sus discos, porque es un guitarrista de hace unos cuantos años... Tocaba sobre todo en los '50 y murió en 2001. Yo pensé que nadie lo había escuchado en vivo, hasta que un día, Jorge Drexler me contó que él lo había escuchado. Parece mentira, pero lo escuchó en Uruguay: contaba Jorge que una vez tocó en la embajada norteamericana. Y bueno, después escuché a Hendrix y todo eso y ya me convertí en guitarrista. La verdad es que la mayoría me conoce aquí como integrante de la banda de Andrés y es cierto: yo soy un guitarrista de rock. Pero, vamos, ese es mi trabajo. Mi espíritu estuvo siempre más cerca de esta música, la de las guitarras americanas de los '50. Espero que les guste. La última vez que toqué en Buenos Aires fue ante 10.000 personas, pero hoy estoy un poco más nervioso...

Los nervios, uno supone, deben ser los que enfrenta un superhéroe cuando descubre su identidad secreta. Cuando la cara nueva que uno descubre es ni más ni menos que la verdadera. Es decir, la vulnerable, aunque Tarantino (Kill Bill mediante) opine lo contrario. En sus comentarios, Diego mencionó a Chet Atkins y a Jimi Hendrix. Y es cierto que el espíritu de esas guitarras legendarias estuvo presente anoche. En todo caso, el monstruo mitológico que sonó ayer en el escenario de Boris tuvo también partes de Stevie Ray Vaughan (en "Brooklyner" y "February Blues"), de John McLaughlin (en "6/4") y hasta apareció el Spinetta de Invisible con una versión extraordinariamente blusera de "Durazno sangrando" (nótese cómo, en la lista de temas, aparece el ibérico "melocotón" señalando el cierre del show, antes de los bises).

A título personal, recuerdo que en diciembre de 2008 fui a uno de esos recitales con los que Andrés Calamaro suele despedir el año. Estaba con mi hermana, y creo que le pregunté más de una vez quién era ese monstruo que estaba tocando la guitarra y que, casi, casi, le robó la noche al mismísimo Salmón. Me respondió el propio Calamaro, desde el escenario, cuando presentó la banda, ya cerca del final de la fiesta. "Aplaudan a Diego García, el verdadero héroe de la guitarra", dijo.

Y ahora que lo pienso, "Diego García" es un nombre como "Bruno Díaz". Suena casi anónimo, apenas uno más en la guía telefónica de España o de la Argentina. Un nombre ideal para esconder la identidad de un héroe de la guitarra.

2 comentarios:

Yolanda dijo...

Las guitarrras como los pianos son instrumentos fascinantes, tanto como las identidades secretas, pero digo no aquellas que se nos ocultan, sino aquellas que ocultan a nosotros mismos de nuestra realidad propia e íntima, pensar en un show con telecasters de los cincuenta, como la azul que se compró Calamaro y que también tiene Graham Coxon Senior, es pensar en una manera de hacer música que tiende a desaparecer y que tiene que ver algo con el significado de la reliquia historica. Tras la ruina se esconde el hallazgo de la verdadera identidad, el wiederfindug freudiano, el reencontrase con ese objeto nos remite a esa sensación de Jarrett consagrando el momento mismo de la creación musical en sus improvisaciones, y no es que el piano esté en mal estado o que la telecaster sea la de los 50' la que nos revela nuestra identidad secreta. la identidad se revela tal como sucede en orgullo y prejuicio en las improvisaciones de Elizabeth Bennett y en la funesta y rapida escritura de Mr. Darcy, es que en estos actos creativos como bien dice Austen" la rapidez de los pensamientos van en contra de la perfección del discurso" Para el caso de estos músicos la urgencia de la situación nos remite a revelar que un steinway por más mal que esté y una telecaster copia de los 50´es siempre una buena excusa para hacer algunos ruiditos interesantes que en manos de musicos del calibre de los comentados revelan la identidad oculta a saber: cualquier sonido es bueno si nos revela algo acerca de nuestro ser intimo, a veces la urgencia revela nuestra pasion por los pianos rotos las guitarras telecaster, o en el caso de Darcy su pasión por la no muy linda Elizabeth, por desgracia no todas son lindas y casi siempre nos toca como a Jarrett tocar en un piano que dista mucho de ser el ideal, a muchos le toca vailar con la más fea pero siempre hay que saber improvisar.un capítulo aparte merece la identidad secreta que a veces es la de un héroe y otras las de un inadaptado social que en lo musical lo unico que puede hacer son ruidos difusos que recuerdan lo importante que es el instrumento en cuestión.en definitiva una buena identidad secreta guarda siempre algo para improvisar, alli en la distancia entre lo buscado y lo hallado se halla esa verdad recóndita: Elizabeth Bennett la mujer de tus sueños.(léase pianos steinway desafinados y telecaster 50')

Martín Muniz-Acosta

Yolanda dijo...

me disculpo por uno de los errores que cometí dado lo profundo de la noche donde dice vailar, por supuesto debe decir bailar. Del ´comentario no me disculpo porque ya es demasiado tarde.

Martín