jueves, 30 de julio de 2009

gestos


Miércoles 29 de julio, 19.00 hs. Biblioteca Nacional. Silvia Dabul presenta su cd Parajes junto a Víctor Torres, Graciela Oddone y Susanna Moncayo. Parajes incluye canciones sobre poemas de la propia Silvia, compuestas por Gerardo Gandini, Marcelo Delgado, Julio Viera, Marta Lambertini, Julián Panisello, Juan María Solare, Andrés Giménez Noble y el mismísimo -genial- Víctor Torres. No voy a decir mucho sobre el concierto, apenas registrar una imagen, fugaz pero, a su modo, indeleble. Fue en "Inclinación" de Julio Viera, ya cerca del final del concierto. Supongo que, pasadas la mayoría de las obras, con una respuesta del público sumamente calurosa, lo que podrían haber sido nervios en un comienzo ya se habían convertido en otra cosa. Energía, por ejemplo. O algún tipo de controlada emoción, esa que despliegan los artistas con un pudor ambiguo. Curioso, porque eso mismo decían las palabras que Susanna Moncayo cantaba en ese preciso momento:
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podría olvidar el pudor
las precauciones literarias
y escribir
por una vez
.
Y entonces, el momento del que hablaba: Silvia cantó. Yo no sé si se habrá dado cuenta, si esa misma reacción se repitió en cada ensayo, o si fue apenas un impulso, de esos espontáneamente irresistibles (¿o es al revés?). Su voz era casi imperceptible, pero sus labios acompañaban claramente cada palabra, mientras Susanna cantaba:
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sólo esta noche
un lugar
.
Y sí, eran sus palabras, pero a la vez uno no puede dejar de pensar en que ese, precisamente, es el sentido en el que debería hablarse, en las canciones, de "acompañamiento".
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Ese mismo miércoles 29 de julio, 20.30 hs. Teatro Avenida. Actúa el ensamble apropiadamente bautizado Les goûts-réunis con María Cristina Kiehr como solista. Somos varios los que llegamos tarde, provenientes de otros parajes. Entro en la segunda parte, cuando el Ensamble ataca la Trio-sonata en Re mayor para flauta dulce, oboe y bajo continuo de Handel. Todos mis reparos contra la música de Handel desaparecieron en los diez minutos que duró la obra. Para cuando María Cristina Kiehr entró para la cantata Tra le fiamme, yo ya era un handeliano converso. Sentado, además, en la primera fila, pude alcanzar a ver las miradas que se dirigían Manfredo Kraemer y Juan Manuel Quintana para mantener la perfecta maquinaria de la cantata en movimiento. También pude ver, al fondo del escenario, durante las arias en las que su instrumento no participaba, al oboísta... cantando. Y todavía faltaba lo mejor, un bis dedicado al joven Handel de Aci, Galatea e Polifemo: OK, es cierto, es una obra napolitana y la voz debe ser lo primero en lo que uno debe reparar, y eso está muy bien. Pero si lo de MCK fue extraordinario, no hay palabras para describir lo que logró el ensamble en esta obra. Además de una musicalidad exquisita -habitual en Kraemer, Quintana & co.- pocas veces escuché a un conjunto sonando de ese modo, como un organismo vivo, latiendo en cada nota. Manfredo Kraemer, incluso cuando no tocaba, acompañaba la respiración de la cantante. Otra vez: yo no sé si esos movimientos son conscientes. Ni siquiera estoy seguro de que uno deba reparar en esas cosas, o que sean una señal de algo relevante. Pero esos mínimos gestos también son, a su modo, elocuentes.
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La música también está ahí.

1 comentario:

Martín Liut dijo...

¡Claro que son música! Música que se hace gesto visible. En verdad es algo que debería estar siempre ocurriendo cuando se toca, sobre todo con otros. Solo que normalmente ese fenómeno es interior, está en la cabeza del que toca. El efecto sería el de, mientras estás leyendo, de pronto descubrirte que lo hacés en voz alta.
El problema está en los que no escuchan nada de lo que les suena alrededor. Y pasa seguido, curiosamente, en ensambles de músicos lectores. Las bandas militares son mi ejemplo favorito de que la lectura musical no es garantía de que se haga música. Tipos que leen su parte y no tienen idea de lo que está sonando (¡a veces, ni de sus propios sonidos!).
Para volver al post qué voces increíbles las Graciela, Susanna y Víctor!. Acá, en medio del espacio virtual, es bueno recordar que el concierto en vivo, sin amplificación es una experiencia aurática inigualable. Saludos, Martín