martes, 1 de diciembre de 2009

el crítico y el profeta


Giorgio Agamben pasó por Lecce y, entre otras cosas, aprovechó para presentar su último libro, Nudità, que incluye una serie de artículos sobre temas sólo aparentemente dispersos. Digo "sólo aparentemente" porque, si bien los diez ensayos incluídos en el volumen tienen diversas motivaciones inmediatas -la lección inaugural de un curso de Filosofía, una performance de la artista Vanessa Beecroft en la Nationalgalerie de Berlín, la muerte y transfiguración de la ciudad de Venecia, Kafka-, en realidad todas ellas se unen en lo que en los últimos años parece haber ocupado principalmente la atención del filósofo italiano: el estudio de las fuentes del pensamiento teológico de la Antigüedad Tardía y el Medioevo para descubrir allí el origen de las herramientas conceptuales con las que la Modernidad piensa la política: un proceso de secularización que fue señalado muchas veces, pero que pocas fue tan pormenorizadamente analizado como en la obra más reciente de Agamben.
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Pero a mí me llamó la atención otra cosa: en el primero de los ensayos de Nudità, "Creazione e salvezza", la secularización del pensamiento teológico se extiende hacia el terreno del arte. Lo que en esas páginas iniciales se describe es el modo en el que las tres religiones monoteístas -Cristianismo, Judaísmo e Islam, cada una a su modo- elaboraron un discurso teológico que identifica dos instancias diversas pero complementarias de la acción divina: el momento de la creación y el momento de la salvación. Así, el poder creador que la divinidad consuma por medio de la "burocracia" angélica encuentra su necesario complemento en la obra de la redención, cuya figura eminente es el profeta. La secularización del esquema teológico, para Agamben, ofrece el siguiente resultado:
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En la cultura de la edad moderna, filosofía y crítica han heredado la obra profética de la salvación (que ya en la esfera sagrada era confiada a la exégesis); poesía, técnica y arte, la obra angélica de la creación. En el proceso de secularización de la tradición religiosa, sin embargo, ellas han progresivamente obliterado toda memoria de la relación que las ligaba tan íntimamente. De aquí el carácter complicado y casi esquizofrénico que parece signar su relación. (...) El hecho es que las dos obras, en apariencia autónomas y separadas, son en realidad las dos caras de un mismo poder divino y, al menos en el profeta, coinciden en un único ser. La obra de la creación es, en verdad, sólo una chispa que se desprendió de la obra profética de la salvación, y la obra de la salvación es apenas un fragmento de la creación angélica que devino consciente de sí.
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En el plano estrictamente estético, la conclusión sería:
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Una obra crítica o filosófica que no mantiene de algún modo una relación esencial con la creación esá condenada a girar en el vacío; así como una obra de arte o poesía que no contiene en sí una exigencia crítica está destinada al olvido.
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Personalmente, "creación que deviene consciente de sí" me parece una definición extraordinaria para la crítica -y para la crítica musical, especialmente. Me parece, sobre todo, un punto de partida sumamente fértil para continuar desovillando el problema. Mercedes, traductora de los últimos textos de Agamben que en la Argentina publicó Adriana Hidalgo, me cuenta que a estas cuestiones está dedicado el libro El hombre sin contenido, que prometo leer a mi regreso a Buenos Aires (y que si alguno leyó, puede comentar aquí). Y, ya que estamos, también prometo releer el Fedro platónico -aunque ese, creo, hay que releerlo al menos una vez al año-: ahí está la invitación de Sócrates a "defender los discursos", un gesto que parece prefigurar ese doble movimiento de creación y redención que del Antiguo Testamento pasaría al Nuevo y al Islam. A propósito, Alessandra, consejera de mi tesis de doctorado en Italia, me recomienda leer el tratado IX de la Metafísica de Avicena, uno de esos libros poco leídos pero fundamentales para la configuración del mundo tal como lo conocemos. En esas páginas, Avicena analiza la figura del profeta, una caracterización que la Escolástica reinterpretará en clave filosófica y que, mediante ese proceso de secularización apuntado arriba, acabaría convirtiéndose en la definición del crítico y, al mismo tiempo, del poeta.
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Y de ahí el diagnóstico de esquizofrenia.

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