domingo, 4 de enero de 2009

Ítaca

Ahora escribo esto desde el aeropuerto de Santiago, antes de emprender el regreso a Buenos Aires. Lo que pasa es que quiero ver qué se siente escribir en los aeropuertos, e incluso arriba mismo del avión, que es donde pienso terminar esta entrada. No es que me quiera hacer el Rodrigo Fresán, aunque pensándolo bien puede ser que sí, que eso sea exactamente lo que estoy haciendo. Perdón, entonces, por las turbulencias. Y ajústense los cinturones, respiren normalmente y todo eso.

UNO. Y cuando prometí comentar brevemente algunos hallazgos trasandinos que pensaba compartir en la segunda temporada de estudio de noche no necesariamente hacia referencia a música trasandina. De hecho, no traje nada de música chilena, aunque sí mucha literatura. Pero ahora estoy hablando de música, así que la literatura queda para dentro de un rato, en el avión. Más noticias adelante. O más arriba. Como sea, la música involucra a un par de mujeres ilustres de las cortes europeas del Barroco. A una de ellas, Barbara Strozzi, seguramente la conozcan los lectores de este blog amantes de la música antigua. El disco en cuestión se llama To the unknown goddess, e incluye piezas de Strozzi interpretadas por Catherine Bott, a quien ya escuchamos en el programa, y en más de una oportunidad, por la sencilla y caprichosa razón de que canta como los dioses, o las diosas, en este caso. Por si no tienen la suficiente paciencia como para esperar a que empiece la segunda temporada, pueden ir escuchando esta muy bonita pieza, maravillosamente cantada por Anne Sofie von Otter. Y a ver qué les parece.

DOS. En cuanto a la otra dama barroca, debo decir que fue un feliz descubrimiento. Jamás había oído hablar de Wilhelmine von Bayreuth, condesa de esa ciudad legendaria del sur de Alemania en la que aparentemente había vida antes de Richard Wagner. Según dicen, era la hija más joven de Federico Guillermo I de Prusia, lo cual la convierte en hermana menor de Federico II, el mismísimo responsable del tema de la Ofrenda musical de Johann Sebastian Bach. Así de pequeño era el mundo de las cortes europeas, o así de endogámico. En cualquier caso, el descubrimiento se lo debo a Gonzalo Cuadra, que además de pasarme estos discos también me adelantó parte de dos grabaciones editará a lo largo de 2009, dedicadas al barroco latinoamericano, en sus versiones sacra y profana. En cuanto a Wilhelmine, seguramente escucharemos algún aria de su ópera Argenore. Será una manera también de homenajear a todas las compositoras que pasaron por estudio de noche, difundiendo la música de una princesa que opera de algún modo como eslabón perdido entre Barara Strozzi y Clara Wieck, en esa genealogía de mujeres compositoras que es mucho más rica y extensa de lo que se suele reconocer. Y que hoy cuenta con personajes como la finlandesa Kaija Saariaho o la tártara Sofia Gubaidulina, a quienes menciono sólo por el placer de escribir, respectivamente, "Kaija" y "tártara".

TRES. Y en Chile se vendía como pan caliente (o como Cola de Mono, que en estas épocas de brindis en cadena es un item obligado en las tierras de Manuel Montt, de quien toma su nombre la bebida) el número aniversario de The Clinic, que incluye varias predicciones para el 2009, entre ellas el descubrimiento de que Leonardo Da Vinci habría inventado, también, el iPhone. En ese mismo número se repasan los grandes momentos de la publicación en 2008. Y entre ellos aparece una foto de Lautaro Bolaño, a quien muchos conocerán por las dedicatorias de los libros de su padre, Roberto. Lautaro sigue viviendo en Blanes, tiene 17 años, y armó una banda de rock que se llama Asfalto Blanco. Habla, por supuesto, de su padre:

Le creía todo de pequeño, cosas realmente imposibles. Me decía que cuando fuéramos grandes, compraríamos un barco y viviríamos en el mar, o me decía: cuando tengas 18 iremos tú y yo al Amazonas a cazar anacondas.

Y unas líneas más tarde, conversando con el enviado de The Clinic:

LB: He estado pensando musicalizar poemas de Roberto… Coincidíamos en algunos estilos, cuando escuchaba su música me gustaba Bob Dylan...
TC: ¿Y de música chilena escuchaba algo?
LB: ¿Qué es música chilena? Lo único que recuerdo es un CD con poemas de Nicanor Parra.

Y la verdad es que hay que reconocerle a Lautaro que no le haya puesto a su banda “Los Perros Románticos” o “Los Detectives Salvajes” o algún otro nombre referencial por el estilo. Por ahí deja caer, como un guiño secreto, la idea de estudiar criminología. Como si quisiera cumplir ese destino que su padre dejó pendiente. O, mejor, como si, también como su padre, se divirtiera lanzando una consigna exagerada que los que escuchan no pueden evitar tomarse en serio.

CUATRO. Otra de las grandes entrevistas del año, según The Clinic, tiene como protagonista a Roberto Torretti, a quien los que nos dedicamos a la filosofía, también conocida como el arte de volar por las nubes sin necesidad de aviones, conocemos por tratarse de una de las máximas autoridades kantianas en lengua española. Y como era de imaginarse, don Roberto deja un párrafo imperdible:

He hallado siempre tan ridículo hablar del materialismo de sociedad moderna. Materialistas somos los asalariados que queremos la plata para gastarla en cosas que, como vivimos en un mundo material, tendrán que ser materiales. Pero el capitalista está movido puramente por fines ideales: el número, la acumulación.

Lo cual me recordó varios diálogos que solía entablar en épocas de secundaria con algunos compañeros que se permitían cuestionar la solidez de la carrera a la que tenía planeado dedicarme. ¿Pero por qué insisten en creer que una hipoteca subprime es algo más sólido que un imperativo categórico, o que un índice de la Bolsa de Nueva York algo más tangible que el mismísimo Dasein? Un filósofo muy antipático dijo alguna vez que la filosofía ofrecía una pequeña isla de tranquilidad en medio de un mar embravecido, y que desde ese lugar estratégico él podía mirar con desprecio los manotazos de los que se retorcían entre las olas. No es esa mi idea de la filosofía, y en cualquier caso estamos todos de acuerdo en que quienquiera sea el que dijo eso –afortunada o piadosamente no recuerdo su nombre, y ni siquiera su nacionalidad; acá cada uno imaginará la que su prejuicio le dicte: para mí, por ejemplo, seguro que fue un francés– era una mala, pero muy mala persona. Y donde quiera que esté -seguramente NO en la isla de Lost-, se debe estar descostillando a carcajadas, por cómo viene la mano.

CINCO. Y mientras escribía estas cosas, un empleado del aeropuerto pasaba al lado mío con una silla de ruedas...

SEIS. Y en Chile pude también conseguir algunos libros difíciles de encontrar en Buenos Aires, a pesar de que muchos autores chilenos fueron publicados aquí antes que en Santiago. De Enrique Lihn, por ejemplo, De la Flor publicó en los ’70 Batman en Chile. Pero no fue esa novela lo que conseguí en Santiago, a pesar de que hace muy poco fue reeditada, algo que The Clinic rescató como uno de los acontecimientos literarios de un 2008 por demás fome. Lo que conseguí fue un poemario de 1979, annus mirabilis en el que se festejaba el cincuentenario del poeta. Para la ocasión, se editó en Valparaíso este A partir de Manhattan, una suerte de diario de viaje, atravesado por la memoria y la distancia, con versos como estos:

Vino por casualidad y fue voluble
en quedarse: el lugar se le parecía
o así lo creyó y tenía razón
Manhattan en sí mismo carece de realidad
aquí también en cierto sentido
no pasa nada.

Mi favorito, de todas maneras, es este “Voy por las calles de un Madrid secreto”. Un poema casi eleático en su demostración de la imposibilidad del movimiento:

Voy por las calles de un Madrid secreto
que en mi ignorancia sólo yo conozco:
nadie que lo conoce lo ve así
ni en su ignorancia ignora lo esencial.
Ariadna - mi memoria laberíntica -
me tiende el hilo de su pobre ovillo
hecho de telarañas hilachientas.
Creo ver lo que vi: es una creencia
y de improviso, es cierto, lo estoy viendo
pero en otro lugar. Y ¿por qué en otro?
más bien todo en un sitio sin lugares
ni estables perspectivas ni, en fin, nada.
La ciudad es hermosa ciertamente
pero debo inventarla al recordarla.
No sé qué mierda estoy haciendo aquí
viejo, cansado, enfermo y pensativo.
El español con el que me parieron
padre de tantos vicios literarios
y del que no he podido liberarme
puede haberme traído a esta ciudad
para hacerme sufrir lo merecido:
un soliloquio en una lengua muerta.

SIETE. También en Chile pude escuchar Il ritorno d’Ulisse in Patria de Monteverdi, y no fue sino hasta mucho más tarde, ya arriba del avión, que descubrí el hilo secreto que unía el destino de Ulises con el de todas las personas que en ese momento cruzábamos Los Andes con un café caliente en la mano. Recién entonces volví a pensar en el primer monólogo de Ulises, una pequeña obra maestra de Monteverdi en su caracterización del viajero, en la euforia de las aventuras que uno encuentra en el camino, en la nostalgia por las cosas que nos esperan en tierra firme.

OCHO. Aterrizaje perfecto. Otro vuelo sin sobresaltos. Respiro normalmente. Vuelvo a tomar aire. La próxima vez, viajo con la guitarra.

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