domingo, 17 de enero de 2010

llevándolo todo de vuelta a casa


Entre los libros, discos y unos cuantos etcéteras que estoy empezando a empacar para llevar de regreso a Buenos Aires, está Dylan revisited. Racconti su Mr. Tambourine: una antología de 16 relatos escritos por otras tantas jóvenes promesas de la literatura italiana. El título del libro da una idea bastante clara de su contenido: los editores Gianluca Morozzi y Marco Rossari convocaron a una troupe heterogénea con el único requisito de que los cuentos remitidos tuvieran algún tipo de relación con la vida y/o la obra de Bob Dylan.

Y, como en toda antología, el resultado es más bien irregular; hay relatos muy bien logrados y otros no tanto. Hay cuentos basados explícitamente en algún episodio de la vida de Dylan, otros en los que son algunos de los personajes de las canciones los que pasan a un primer plano y, en la mayoría de los casos –signo de los tiempos, la voz de una generación– se trata de episodios autobiográficos del autor de turno, en los que la música de Dylan se extiende como telón de fondo. En cualquier caso, encontrarme con un libro de esas características editado en 2008 en San Cesario di Lecce (que es como decir, pongamos, “Chascomús”) es un acto de justicia poética o algo por el estilo: el modo de encontrar el libro no desentona en absoluto con el propio contenido. Como encontrar Amuleto de Bolaño en un baño de la Universidad de México.

Y ahora que lo pienso, amiguitos, la justicia poética, a diferencia de la divina –de cuya existencia aún se esperan pruebas–, se manifiesta en maneras misteriosas. Por lo pronto, porque Dylan revisited cierra una especie de círculo: si es cierto que la obra de Dylan encuentra su cantera en prácticamente la totalidad del canon occidental –los poetas malditos franceses, la cultura popular norteamericana, La Ilíada, Dante, Bocaccio, la Biblia y siguen las firmas– era cuestión de tiempo para ver cómo, a su vez, la propia obra de Dylan comienza a ser utilizada como cantera para la creación ajena.

Algo similar ocurre con la última versión cinematográfica de Sherlock Holmes. Hay una escena en la película de Guy Ritchie que funciona como homenaje no tan velado, juego de espejos, o ambas cosas a la vez. Es cuando Holmes, recién despierto luego de un trance, explica el avance de sus deducciones a dos atentos y obedientes Watson e Irene Adler. Holmes, jugueteando con su bastón, está recostado sobre una pared blanca en la que escribió todas las pistas con las que cuenta hasta ese momento. Es la escena que bien podría llamarse “del diagnóstico diferencial”. Si, como no se cansan de repetir sus creadores, House M. D. es una suerte de tributo a Sherlock Holmes, hay en esta Sherlock Holmes, un explícito tributo al Dr. House y a Watson/Wilson. Sobre todo en la relación (no tan velada) entre el héroe adicto y su atildado adláter. ¿Y por qué no, directamente, convocarlo a Hugh Laurie para encarnar al detective en las próximas entregas?

A propósito, no es que Robert Downey Jr. esté mal. Al contrario, el personaje está más que bien logrado, y otro tanto puede decirse de Jude Law como Watson. Hay, sí, un par de cabos sueltos que la crítica se encargó de mencionar. Uno es el hecho de que el puritanismo hollywoodense haya dejado fuera la consabida adicción a la cocaína de Sherlock Holmes, para asegurarse una calificación de un film apto para todo público. Sin embargo, es evidente, para el ojo atento –holmesiano– que las veces en las que el detective se lleva la mano a la nariz, la sustancia prohibida (aunque no la veamos) está allí, operando. Vamos, eligieron a Robert Downey Jr. para el papel de Holmes: ¿de verdad son necesarios más indicios?

La otra objeción que puede encontrarse en las reseñas es que en la película se exagera con las secuencias de acción pura y dura, lo cual deja un poco de lado el clima de analítica flema del original. Y si bien es cierto que las secuencias de acción son bastante extensas, no creo que se traicione en ningún momento el espíritu de las historias originales: el Holmes de los relatos de la Strand Magazine no le escapaba a un combate cuerpo a cuerpo o al uso de armas de fuego cuando era necesario. En más de una ocasión el narrador-Watson menciona la extraordinaria fuerza física de su mentor. El box está tan presente como el violín y la pipa. La historia, un poco a la manera de la mítica The Hound of the Baskervilles, juega con las ambigüedades de lo sobrenatural y sus efectos sobre la percepción de las masas. No falta, como en tantas historias de Conan Doyle, las sustancias provenientes de la India que inducen al sueño, la parálisis o las alucinaciones. Y, por otra parte, convengamos en que un silogismo inductivo no es, precisamente, material apto para una pantalla cinematográfica. En rigor, no puede decirse que el film le falte el respeto al original. Lestrade es todo lo necio que debe ser, Irene Adler es poco digna de confianza y, a la vez, irresistible.

Y Moriarty. Holmes no está completo si falta Moriarty.

Esta historia continuará.




Nos vemos en Buenos Aires.