viernes, 9 de enero de 2009

I got the blues


Hace muy poquito Página/12 transcribió en su suplemento de verano estas agudas observaciones de W. H. Auden acerca de la música en general, y de la ópera en particular (digo "agudas" porque todos sabemos las notas que puede alcanzar una soprano en una función de I Puritani, por ejemplo). La edición online sólo consigna el comienzo del artículo, pero la recomendación vale para la versión completa, y ya que estamos también para el libro que la incluye, que es La mano del teñidor, editado por Adriana Hidalgo.

Ocurre que Auden, además de ser un gran poeta -muchos deben conocer, por ejemplo, Funeral Blues, infaltable en todo obituario que se precie- escribió algunos libretos de ópera, entre ellos el de esa obra maestra de Igor Stravinsky que es La carrera del libertino. Aquí, pues, pueden ustedes disfrutar un pasaje de la ópera, cantado de manera extraordinaria por Dawn Upshaw.

Y hablando de funerales y de extrañas coincidencias: como bien señala alguien a continuación del video en cuestión, no deja de ser un detalle un tanto macabro que allí Dawn Upshaw le cante esa canción de cuna a Jerry Hadley, que poco tiempo después moriría en su casa de Nueva York.

Ya sé que estamos de vacaciones y que podría haber elegido un tema un poco más light para esta entrada, pero bueno... Prometo algo más jovial para el fin de semana. Mientras, les dejo un más que apropiado link a una de esas canciones por las que uno agradece que existan los Rolling Stones.

Hasta dentro de un rato.

domingo, 4 de enero de 2009

Ítaca

Ahora escribo esto desde el aeropuerto de Santiago, antes de emprender el regreso a Buenos Aires. Lo que pasa es que quiero ver qué se siente escribir en los aeropuertos, e incluso arriba mismo del avión, que es donde pienso terminar esta entrada. No es que me quiera hacer el Rodrigo Fresán, aunque pensándolo bien puede ser que sí, que eso sea exactamente lo que estoy haciendo. Perdón, entonces, por las turbulencias. Y ajústense los cinturones, respiren normalmente y todo eso.

UNO. Y cuando prometí comentar brevemente algunos hallazgos trasandinos que pensaba compartir en la segunda temporada de estudio de noche no necesariamente hacia referencia a música trasandina. De hecho, no traje nada de música chilena, aunque sí mucha literatura. Pero ahora estoy hablando de música, así que la literatura queda para dentro de un rato, en el avión. Más noticias adelante. O más arriba. Como sea, la música involucra a un par de mujeres ilustres de las cortes europeas del Barroco. A una de ellas, Barbara Strozzi, seguramente la conozcan los lectores de este blog amantes de la música antigua. El disco en cuestión se llama To the unknown goddess, e incluye piezas de Strozzi interpretadas por Catherine Bott, a quien ya escuchamos en el programa, y en más de una oportunidad, por la sencilla y caprichosa razón de que canta como los dioses, o las diosas, en este caso. Por si no tienen la suficiente paciencia como para esperar a que empiece la segunda temporada, pueden ir escuchando esta muy bonita pieza, maravillosamente cantada por Anne Sofie von Otter. Y a ver qué les parece.

DOS. En cuanto a la otra dama barroca, debo decir que fue un feliz descubrimiento. Jamás había oído hablar de Wilhelmine von Bayreuth, condesa de esa ciudad legendaria del sur de Alemania en la que aparentemente había vida antes de Richard Wagner. Según dicen, era la hija más joven de Federico Guillermo I de Prusia, lo cual la convierte en hermana menor de Federico II, el mismísimo responsable del tema de la Ofrenda musical de Johann Sebastian Bach. Así de pequeño era el mundo de las cortes europeas, o así de endogámico. En cualquier caso, el descubrimiento se lo debo a Gonzalo Cuadra, que además de pasarme estos discos también me adelantó parte de dos grabaciones editará a lo largo de 2009, dedicadas al barroco latinoamericano, en sus versiones sacra y profana. En cuanto a Wilhelmine, seguramente escucharemos algún aria de su ópera Argenore. Será una manera también de homenajear a todas las compositoras que pasaron por estudio de noche, difundiendo la música de una princesa que opera de algún modo como eslabón perdido entre Barara Strozzi y Clara Wieck, en esa genealogía de mujeres compositoras que es mucho más rica y extensa de lo que se suele reconocer. Y que hoy cuenta con personajes como la finlandesa Kaija Saariaho o la tártara Sofia Gubaidulina, a quienes menciono sólo por el placer de escribir, respectivamente, "Kaija" y "tártara".

TRES. Y en Chile se vendía como pan caliente (o como Cola de Mono, que en estas épocas de brindis en cadena es un item obligado en las tierras de Manuel Montt, de quien toma su nombre la bebida) el número aniversario de The Clinic, que incluye varias predicciones para el 2009, entre ellas el descubrimiento de que Leonardo Da Vinci habría inventado, también, el iPhone. En ese mismo número se repasan los grandes momentos de la publicación en 2008. Y entre ellos aparece una foto de Lautaro Bolaño, a quien muchos conocerán por las dedicatorias de los libros de su padre, Roberto. Lautaro sigue viviendo en Blanes, tiene 17 años, y armó una banda de rock que se llama Asfalto Blanco. Habla, por supuesto, de su padre:

Le creía todo de pequeño, cosas realmente imposibles. Me decía que cuando fuéramos grandes, compraríamos un barco y viviríamos en el mar, o me decía: cuando tengas 18 iremos tú y yo al Amazonas a cazar anacondas.

Y unas líneas más tarde, conversando con el enviado de The Clinic:

LB: He estado pensando musicalizar poemas de Roberto… Coincidíamos en algunos estilos, cuando escuchaba su música me gustaba Bob Dylan...
TC: ¿Y de música chilena escuchaba algo?
LB: ¿Qué es música chilena? Lo único que recuerdo es un CD con poemas de Nicanor Parra.

Y la verdad es que hay que reconocerle a Lautaro que no le haya puesto a su banda “Los Perros Románticos” o “Los Detectives Salvajes” o algún otro nombre referencial por el estilo. Por ahí deja caer, como un guiño secreto, la idea de estudiar criminología. Como si quisiera cumplir ese destino que su padre dejó pendiente. O, mejor, como si, también como su padre, se divirtiera lanzando una consigna exagerada que los que escuchan no pueden evitar tomarse en serio.

CUATRO. Otra de las grandes entrevistas del año, según The Clinic, tiene como protagonista a Roberto Torretti, a quien los que nos dedicamos a la filosofía, también conocida como el arte de volar por las nubes sin necesidad de aviones, conocemos por tratarse de una de las máximas autoridades kantianas en lengua española. Y como era de imaginarse, don Roberto deja un párrafo imperdible:

He hallado siempre tan ridículo hablar del materialismo de sociedad moderna. Materialistas somos los asalariados que queremos la plata para gastarla en cosas que, como vivimos en un mundo material, tendrán que ser materiales. Pero el capitalista está movido puramente por fines ideales: el número, la acumulación.

Lo cual me recordó varios diálogos que solía entablar en épocas de secundaria con algunos compañeros que se permitían cuestionar la solidez de la carrera a la que tenía planeado dedicarme. ¿Pero por qué insisten en creer que una hipoteca subprime es algo más sólido que un imperativo categórico, o que un índice de la Bolsa de Nueva York algo más tangible que el mismísimo Dasein? Un filósofo muy antipático dijo alguna vez que la filosofía ofrecía una pequeña isla de tranquilidad en medio de un mar embravecido, y que desde ese lugar estratégico él podía mirar con desprecio los manotazos de los que se retorcían entre las olas. No es esa mi idea de la filosofía, y en cualquier caso estamos todos de acuerdo en que quienquiera sea el que dijo eso –afortunada o piadosamente no recuerdo su nombre, y ni siquiera su nacionalidad; acá cada uno imaginará la que su prejuicio le dicte: para mí, por ejemplo, seguro que fue un francés– era una mala, pero muy mala persona. Y donde quiera que esté -seguramente NO en la isla de Lost-, se debe estar descostillando a carcajadas, por cómo viene la mano.

CINCO. Y mientras escribía estas cosas, un empleado del aeropuerto pasaba al lado mío con una silla de ruedas...

SEIS. Y en Chile pude también conseguir algunos libros difíciles de encontrar en Buenos Aires, a pesar de que muchos autores chilenos fueron publicados aquí antes que en Santiago. De Enrique Lihn, por ejemplo, De la Flor publicó en los ’70 Batman en Chile. Pero no fue esa novela lo que conseguí en Santiago, a pesar de que hace muy poco fue reeditada, algo que The Clinic rescató como uno de los acontecimientos literarios de un 2008 por demás fome. Lo que conseguí fue un poemario de 1979, annus mirabilis en el que se festejaba el cincuentenario del poeta. Para la ocasión, se editó en Valparaíso este A partir de Manhattan, una suerte de diario de viaje, atravesado por la memoria y la distancia, con versos como estos:

Vino por casualidad y fue voluble
en quedarse: el lugar se le parecía
o así lo creyó y tenía razón
Manhattan en sí mismo carece de realidad
aquí también en cierto sentido
no pasa nada.

Mi favorito, de todas maneras, es este “Voy por las calles de un Madrid secreto”. Un poema casi eleático en su demostración de la imposibilidad del movimiento:

Voy por las calles de un Madrid secreto
que en mi ignorancia sólo yo conozco:
nadie que lo conoce lo ve así
ni en su ignorancia ignora lo esencial.
Ariadna - mi memoria laberíntica -
me tiende el hilo de su pobre ovillo
hecho de telarañas hilachientas.
Creo ver lo que vi: es una creencia
y de improviso, es cierto, lo estoy viendo
pero en otro lugar. Y ¿por qué en otro?
más bien todo en un sitio sin lugares
ni estables perspectivas ni, en fin, nada.
La ciudad es hermosa ciertamente
pero debo inventarla al recordarla.
No sé qué mierda estoy haciendo aquí
viejo, cansado, enfermo y pensativo.
El español con el que me parieron
padre de tantos vicios literarios
y del que no he podido liberarme
puede haberme traído a esta ciudad
para hacerme sufrir lo merecido:
un soliloquio en una lengua muerta.

SIETE. También en Chile pude escuchar Il ritorno d’Ulisse in Patria de Monteverdi, y no fue sino hasta mucho más tarde, ya arriba del avión, que descubrí el hilo secreto que unía el destino de Ulises con el de todas las personas que en ese momento cruzábamos Los Andes con un café caliente en la mano. Recién entonces volví a pensar en el primer monólogo de Ulises, una pequeña obra maestra de Monteverdi en su caracterización del viajero, en la euforia de las aventuras que uno encuentra en el camino, en la nostalgia por las cosas que nos esperan en tierra firme.

OCHO. Aterrizaje perfecto. Otro vuelo sin sobresaltos. Respiro normalmente. Vuelvo a tomar aire. La próxima vez, viajo con la guitarra.

jueves, 1 de enero de 2009

par avion

No pensé que este blog se iba a trasformar en uno de esos ejercicios de autocomplacencia y narcisismo, pero llega un momento en el que uno se pregunta por qué no. Además, como el programa ingresó en esa zona nebulosa conocida como “receso de verano”, no parece conveniente dejar inactiva esta página tanto tiempo. Como cualquiera sabe, la blogósfera exige una permanente alimentación a base de comentarios, confesiones, y todo tipo de manifestaciones verborreicas. Cualquier vacío, por ínfimo que parezca, puede transformarse en el punto a partir del cual se empieza a deteriorar la maquinaria del universo...

Así que decidí viajar a Chile para recibir el Año Nuevo con amigos, allende la cordillera. Señal de alerta: será el primer viaje en avión desde que empezó Lost. Todos mis viajes anteriores, incluso el primero, que además fue el más extenso de todos, hace ya muchos años, fueron casi imperceptibles de tan tranquilos. Ninguna angustia, ni siquiera en el despegue o en el aterrizaje… Tampoco en un ocasional “pozo de aire”, una expresión que siempre me sonó más incomprensible que amenazadora. A lo sumo, un único inconveniente, una vez, volviendo de Montevideo, obligados a permanecer en el aire más de lo esperado, con la consiguiente amenaza del combustible cada vez más escaso. Pero ni siquiera esa amenaza, o la imagen de dos o tres aviones volando en círculos cerca de mi ventanilla, lograron perturbar lo que siempre fue una experiencia cordial, casi hospitalaria por parte del aire. Y ya que estamos, ¿por qué siempre se habla del “respeto que infunde el mar” y nunca del “respeto que infunde el aire”? Supongo que si Moby Dick hubiera transcurrido en el cielo, o si el Pequod hubiera sido un 747, las cosas serían muy, muy distintas.

Los viajes en avión, de cualquier modo, ya no son lo mismo. Y es que Lost modificó todo dramáticamente. En primer lugar, el momento previo al embarque: escrutar uno por uno a los inminentes compañeros de viaje, atento a ver si entre ellos se esconde algún cirujano con tatuajes en los brazos, alguna convicta escoltada por un carabinero (lo siento por él, en ese caso), algún hombre en silla de ruedas equipada con cuchillos de todos los tamaños y colores, algún cantante de rock con su guitarra al hombro, alguna rubia embarazada, o hasta Jorge García, el actor que interpreta a Hurley, que es chileno y que tal vez decide pasar Año Nuevo en Santiago, previa escala por Buenos Aires. Difícil, pero quién sabe. Podría pasar.

Pero no. Ni uno sólo que se ajuste a alguna de esas descripciones. Alivio, por un momento, pero también algo de decepción. Es que, ciertamente, no es que uno quiera que su avión se estrelle en una isla misteriosa, pero, si eso llegara a ocurrir, es difícil imaginarse algún tipo de aventura sin al menos alguno de aquellos personajes. Uno empieza a mirar a su alrededor y piensa, “¿Con esta gente me va a tocar compartir meses y meses en una isla del Pacífico? ¿Quién va a cazar jabalíes? ¿Este flaquito con la camiseta de los Lakers?” Además, para mí era un vuelo atípico: por lo pronto, era la primera vez que tenía que abordar el avión por la escalera, cruzando la pista a pie, caminando entre los aviones. Siempre me pareció bastante claro que la tradicional manga por la que se suele abordar, y que hace virtualmente imposible determinar el momento en el que uno cruzó el umbral que separa la estructura firmemente establecida sobre la tierra de la que en breve estará, literalmente, por el aire, tenía como objetivo ofrecer algún tipo de resguardo psicológico. Los cinco sentidos, que no sólo nos engañan sino que a veces pueden ser incluso bastante estúpidos, parecerían no registrar que están ingresando a un ambiente que, si bien no es hostil, al menos es lo suficientemente extraño como para que la sensación de peligro o amenaza no esté del todo fuera de lugar. Y no es que adscriba a esas frases excesivamente ingenuas del tipo “si Dios (o la Naturaleza, o el Gran Arquitecto, o Papá Pitufo, lo que cada uno quiera) hubiese querido que los hombres volaran, les habría dado alas”, frases que en todo caso demuestran un desprecio por todo lo que en el sentido más amplio llamamos “cultura” porque, de ser así, si Papá Pitufo hubiera querido que los hombres comieran con utensilios les habría dado manos con dedos en forma de cuchillo, tenedor, cuchara y espátula, y si hubiese querido que hicieran música los habría creado con una trompeta en… Bueno, ya ven más o menos por dónde va mi razonamiento. Como sea, no es ese el tema. El tema es que, aparentemente, la manga es un dispositivo eficaz para que la transición tierra-aire sea lo más leve posible. Claro, después está el momento de la aceleración, ese punto exacto en el que todo el cuerpo percibe (los sentidos no eran tan estúpidos, después de todo) que uno ya está en el aire. Ese será siempre el momento traumático por excelencia, independientemente de la familiaridad o de la tranquilidad con la que uno esté acostumbrado a lidiar con él. Pero, en cualquier caso, lo que aprendí en este viaje es que ingresar al avión por la escalerita que uno a veces puede ver en películas o coberturas de viajes de presidentes, estrellas de rock o deportistas (en orden de importancia), es que es mucho mejor ser plenamente consciente de que uno está ingresando a un aparato inverosímil desde todo punto de vista. Hay una sensación de euforia casi infantil en el momento en el que uno sube uno a uno esos escalones, mientras puede abarcar de un solo golpe el avión sobre la pista, como si uno estuviera en un parque de diversiones, a punto de subirse al juego más divertido de todos (por eso las largas colas, por eso los boletos más caros), para un paseo que podría ser inolvidable.

Pero claro, después las cosas son bastante menos divertidas. Por lo pronto, lo primero que te explican, invariablemente, es cómo comportarse en caso de emergencia. Evidentemente, si eso es lo primero que te explican, probablemente se deba a que la posibilidad de tener que aplicar todos esos conocimientos no es tan lejana. En cualquier caso, de todas esas instrucciones, mi preferida es la de las máscaras de oxígeno: siempre explican que en caso de despresurización, caerá la máscara (de hecho, eso es lo que pasa, incluso en el plano metafórico: “se cae la máscara, todo era mentira, es evidente que este aparato no puede volar”), uno tendrá que colocarla sobre las vías respiratorias, ajustarla y “respirar normalmente”. Siempre me gustó que dijeran “respire normalmente”. Se supone que se acaba de desprender una parte del fuselaje, el avión va cayendo en picada en el medio de la Cordillera de Los Andes, llueve sobre mi persona el equipaje del tipo de adelante, que por alguna razón viajaba con una colección de cascos prusianos que ahora caen de punta, y se supone que gracias a esa mascarita yo puedo “respirar tranquilo”. Qué alivio, muchas gracias.

Recomendación para futuros usuarios: si la compañía lo permite, hagan el check-in desde sus casas, via Internet. Yo no lo hice, pero todos mis compañeros de vuelo sí. Consecuencia: ocupé el último asiento del avión. Otra vez pensé en Lost: “Epa, tail section, estos son los que se llevaron la peor parte. El único que se salvó fue el dentista”. Y yo le tengo horror al dentista. Me tranquilicé cuando vi que a mi lado se ubicaba una chica muy bonita y delicada, con un iPod que me obligó a intentar descifrar, durante la mitad del viaje, la música que estaba escuchando. La otra mitad del viaje me entretenía con pensamientos como: “Con esta chica sí que podría compartir un accidente aéreo, siempre y cuando no sea mortal. Medianoche en la Cordillera, al calor del fuselaje en llamas, el cielo estrellado sobre el avión idem… Tal vez así tendría una oportunidad…” Pero no. Un viaje sin sobresaltos.

Y así volví “a pisar las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada”, como reza la canción que recuerdo cada vez que vengo a Chile, y especialmente en esta ocasión, porque estoy parando muy cerca de La Moneda, o al menos más cerca que las últimas veces que estuve por acá. La verdad es que gracias a la infinita generosidad de muy buenos amigos acá en Santiago estoy disfrutando de una estadía muy grata, con compañeros de habitación muy particulares.

También pude hacer acopio de material musical para compartir en la próxima temporada de estudio de noche, pero ya les contaré de eso en otra oportunidad, después de disfrutar unos buenos piscos, paltas, locos y todas las cosas ricas que se consiguen por acá.

Que tengan un muy feliz Año Nuevo.

sábado, 27 de diciembre de 2008

salute

Terminó la primera temporada, y como ya me despaché al aire con todos los lugares comunes que se transitan en estas ocasiones, aprovecho esta última entrada del año para cosas más interesantes... Por ejemplo, para dejar algunos links de regalo, yapa, bonus tracks o como gustéis.

Lo que pueden ver acá es una muy divertida performance de Rob Paravonian, que se dedica a explicar cómo es que el Canon de Pachelbel lo persigue adonde quiera que vaya. Si el pobre Bob hubiese escuchado el último programa de estudio de noche se habría llevado una muy desagradable sorpresa, al comprobar que, finalmente, el tema con el que cerramos la primera temporada fue... el Canon de Pachelbel. Es que, para los que no están familiarizados con la música del Barroco alemán, la melodía del Canon de Pachelbel tal vez les resulte más conocida por aquello de "Todo concluye al fin... etc", entre tantas otras célebres canciones de los más variados géneros y estilos, como bien demuestra este Pachelbel Rant de Paravonian, que incluye inspiradísimos versos tales como

Punk music is a joke
It's really just Baroque.

Igualmente recomendable, con una combinación perfecta de espíritu navideño, juguetón, decadente, irónico, festivo y conmovedor (y todo al mismo tiempo, como debe ser), es esta "Christmas card from a hooker in Minneapolis". Si logran entender el pseudo-etílico inglés de Tom Waits, van a experimentar un momento mágico. Los que no lo logren, pueden espiar esta apresurada versión castellana. En cualquier caso, no se pierdan la que para mí es una de las mejores canciones de Tom Waits, y seguramente una de las mejores canciones de Navidad de todas las épocas:

Tarjeta navideña de una prostituta de Minneapolis

Hey, Charlie, estoy embarazada
y vivo en la Calle 9
justo arriba de una sucia librería
a metros de la Avenida Euclides.
Dejé las drogas
y dejé también el whisky;
mi marido toca el trombón
y trabaja en el autódromo.

Dice que me ama
aunque el niño no sea suyo.
Dice que lo va a criar
como si fuera su propio hijo.
Me regaló un anillo
que había sido de su madre
y me lleva a bailar
todos los sábados a la noche.

Hey, Charlie, pienso en vos
cada vez que paso por una estación de servicio
por todo el fijador
que te ponías en el pelo.
Todavía tengo ese disco
de Little Anthony & The Imperials,
pero me robaron el tocadiscos,
¿qué te parece?

Hey, Charlie, casi me volví loca
cuando arrestaron a Mario.
Así que me volví a Omaha
a vivir con mis padres.
Pero todos los que alguna vez conocí
están muertos, o presos,
así que regresé a Minneapolis
y esta vez creo que me voy a quedar.

Hey, Charlie, creo que soy feliz
por primera vez desde el accidente.
Me gustaría tener todo el dinero
que solíamos gastar en drogas.
Me compraría un lote de autos usados
pero no vendería ninguno.
Simplemente usaría un auto distinto cada vez,
según el humor de cada día.

Hey, Charlie... Dios mío,
¿querés saber la verdad?
No tengo marido,
no toca el trombón.
Necesito pedirte dinero
para pagarle a este abogado.
Y Charlie, hey,
creo que me darán libertad condicional...
Date una vuelta para San Valentín.

Finalmente, es probable que la tradicional pirotecnia de Año Nuevo cause los mismos estragos de siempre, lastimando párvulos, asustando perros, desbordando las guardias de los hospitales y todas esas cosas que demuestran que, a pesar de que los años van pasando, el ser humano sigue tan estúpido como la primera ameba que se animó a salir del agua. Y eso que la ameba era lo suficientemente inteligente como para no manipular explosivos. Y hablando de eso: lo que pasa es que los fuegos artificiales son un invento chino, y los chinos no son tontos y tienen siglos y siglos de sabiduría oriental que impiden que los rompeportones les exploten en la cara. En cambio, Occidente estima conveniente probar la bomba atómica en tierras orientales, y cada tanto hacer volar por el aire alguna ciudad del Oriente más cercano. En cualquier caso, la recomendación de estudio de noche es, para estas fiestas, reemplazar las explosiones por música. Si les resulta imprescindible algún que otro cañonazo, pueden recurrir a alguna buena versión de la Obertura 1812 de Tchaikovsky, o eventualmente a la versión original de la Música para los Reales Fuegos de Artificio de Handel, que cumple con la mayor cuota de estruendo posible dentro de la música barroca. Si no, sepan que siempre pueden recurrir a una buena dosis de "TNT", como ésta que pueden ver y escuchar acá, gentileza de AC/DC, en vivo en Madrid. Dicho sea de paso, el video sirve también como ejemplo del uso que se le debería dar hoy a las plazas de toros. Más rocanrol y menos carnicería.

Por lo demás, ya saben: los mejores deseos para el año que viene, atentos en febrero porque volveremos al aire, y que pasen unas merecidas vacaciones.

Para los que van a rockear, salute.

jueves, 18 de diciembre de 2008

El artista en cuestión

Como los preparativos para el último programa del año me tienen un poquitín nervioso, decidí despejarme un poco y acercarme a la inauguración de la más que recomendable muestra Inspiracionales en la Gachi Prieto Gallery, Uriarte 1976, pleno corazón de Palermo. Allí pueden verse unas obras geniales de Nicolás Arispe (lector de este blog, pero más lector del blog de Alberto Laiseca, y lo bien que hace), y otras, igualmente geniales, de Nelson Luty y Sebastián Barreiro.

A propósito de estos muchachos... fíjense qué curioso. Yo llegué allí por invitación de Nicolás, y sin conocer a los otros dos artistas involucrados en la muestra. Muchos otros había, como yo, que llegaban por sus lazos con alguno de los tres, pero sin conocer a los otros dos, con lo cual, acaso inspirado por los generosos vasitos de cerveza bien helada con los que uno podía acompañar la degustación visual de las obras en cuestión, se me ocurrió inmiscuírme en los diversos grupos de amigos, haciéndome pasar por cualquiera de los dos artistas que no era el artista al que ese grupo conocía. Para ser claro: cuando me entrometía en el grupo de seguidores de Nelson, decía que era Sebastián o Nicolás. Cuando estaba entre los fans de Sebastián, usurpaba la identidad de Nicolás o Nelson. Y cuando estaba entre los amigos de Nicolás... bueno, muchos de ellos son también mis amigos, así que ahí el fraude era más complicado. Pero no imposible, porque gracias a la complicidad de algunos inescrupulosos pude recibir algunas inmerecidas felicitaciones por esas maravillosas obras que había visto apenas un rato antes.

Lo cual nos sugirió a todos una idea interesante, sobre todo teniendo en cuenta que las inauguraciones cuentan, las más de las veces, con un servicio de catering bastante hospitalario. La propuesta, entonces, sería recorrer muestras y otras tertulias simulando ser uno de los artistas agasajados. La idea funciona mejor en eventos grupales, porque la atención se reparte en varios centros de gravedad, a diferencia de los unipersonales, en donde todas las miradas convergen en un único punto. A menos, claro está, que el artista en cuestión sea uno de esos genios torturados con fobia social que no aparece en sus muestras, en cuyo caso es más sencillo tomar su lugar ante las cámaras. No sería extraño que, si es verdaderamente fóbico, el artista en cuestión respire aliviado al mirar en sus cuatro televisores cómo un alma caritativa se encarga de ponerles el cuerpo a todos esos horripilantes flashes. Es más, no habría que descartar la posibilidad de usurpar el lugar de los más variados artistas ante las desesperadas y fugaces cámaras de los jóvenes y cada vez más numerosos (o numerosos y cada vez más jóvenes) movileros, personajes que la mayoría de las veces no saben quiénes son las personas que tienen que entrevistar. En esos casos lo más sencillo es acercarse a un movilero con cara de despistado (o sea, cualquiera), poner cara de circunstancia (o sea, cualquiera) y esperar a que, inevitablemente, lance la pregunta:"Perdón, ¿sabe Ud. quién es el artista X (o sea, cualquiera)?"

Entonces, sonreír entre socarrón y paternal, agitar un poco la copita de champán, bajar levemente los anteojos negros (¿hace falta aclarar que siempre hay que llevar anteojos negros?), clavar la mirada en el/la aterrada/o movileru/i y espetarle, con mucho glamour y sin mayor hesitación:

"Semuá".

jueves, 11 de diciembre de 2008

"Quel dernière chanson!"


Un amigo que alguna vez estuvo invitado al programa (no digo quién) solía decir que la manera más sencilla de descubrir si una banda es irlandesa consiste en prestar atención a la última canción del disco. Si es un lamento à la Danny Boy, entonces la respuesta es afirmativa, sin lugar a dudas. Claro que ahora, con tanto mp3, iTunes, YouTube y MySpace, la categoría de "última canción" entra en crisis. Y sin embargo...

... Sin embargo las últimas canciones llegan, indefectiblemente. Y sí, puede ser que esta súbita melancolía ante el cada vez más cercano final de la primera temporada de estudio de noche se deba en parte a mi cuota de sangre irlandesa. En cualquier caso, cuando ya sean las 2 AM del sábado 20 de diciembre y ya haya terminado el último programa de este 2008, será oportunidad de cederle la palabra a los señores Johnny Walker y Jack Daniels, para celebrar como buenos irlandeses el final de este primer año en el aire.

Claro que, antes de llegar a ese final, tenemos aún algunas cuentas pendientes. Por ejemplo, una nueva fecha del estudio de noche fest, en este caso con la presentación del dúo Antires y su "música de antes de ayer": piezas para vihuela de mano y laúd renacentista a cargo de Natacha Cabezas y Sebastián Strauchler. Si no pueden combatir la ansiedad, acá pueden visitar el MySpace del dúo y escuchar un poco de música. Mañana tendremos oportunidad, también, de conversar con ellos acerca de las obras que interpretan y de esos extraños instrumentos con los que eligieron trabajar...

Y hablando de últimas canciones, están todos invitados a sugerir el tema con el que cerraremos el programa del 20 de diciembre. Yo estoy muy tentado a usar "It's the end of the world as we know it (and I feel fine)" de R.E.M., pero todavía no estoy muy convencido. Se aceptan sugerencias. Por ahora, los dejo con la actualización de la lista de temas del programa pasado y con un link a un video de Placebo en París, invitando para una última canción nada menos que a Frank Black de los Pixies. Como bien dice Brian Molko al comienzo del clip: "C'est la dernière chanson... mais quel denière chanson!"

À la prochaine!


Lista de temas del programa # 51
Cry baby – Janis Joplin
The lion sleeps tonite – R.E.M.
Saudades - Ensamble Chancho a Cuerda
Burocraticidio - Ensamble Chancho a Cuerda
Voy a dormir – Andrés Calamaro
Primer movimiento de la Sinfonía N° 2 en Re mayor (L. van Beethoven) - Berliner Philharmoniker; Claudio Abbado, dirección
Fragmentos de Herminie (H. Berlioz) - Mahler Chamber Orchestra; Aurelia Legay, soprano; Marc Minkowski, dirección
Born under a bad sign – Jimi Hendrix

lunes, 8 de diciembre de 2008

¡Que viva la música!

Fue allí cuando los columnistas más respetables empezaron a diagnosticar un malestar en nuestra generación, la que empezó a partir del cuarto long play de los Beatles, no la de los nadaístas, ni la de los muchachos burgueses atrofiados en el ripio del nadaísmo. Hablo de la que se definió en las rumbas y en el mar, en cada orgía de Semana Santa en La Bocana. No fuimos innovadores: ninguno se acredita la gracia de haber llevado la primera camisa de flores o el primero de los pelos largos. Todo estaba innovado cuando aparecimos. No fue difícil, entonces, averiguar que nuestra misión era no retroceder por el camino hollado, jamás evitar un reto, que nuestra actividad, como la de las hormigas, llegara a minar cada uno de los cimientos de esta sociedad, hasta los cimientos que recién excavan los que hablan de construir una sociedad nueva sobre las ruinas que nosotros dejamos.

Pero nosotros no nos íbamos a morir tan rápido.


No sé qué pensarán ustedes, pero hay algo extraño en el hecho de que los suplementos culturales (pronto los yogures vendrán también con suplementos culturales) o los festivales y ferias de literatura invoquen cada vez más los nombres de autores que buscaron deliberadamente la actividad en los márgenes. Hace poco mencionamos la inminente edición de Respiración del laberinto de Mario Santiago, o el hecho de que Pedro Lemebel fuera una de las estrellas en el reciente Filba... un Filba que estuvo dedicado, no está de más recordarlo, a Roberto Bolaño, que es de alguna manera el caso emblemático de todo este fenómeno: un escritor a la vez genial -probablemente el mejor de todos, y aquí todos quiere decir precisamente eso: todos- y marginal, al menos por ciertos intereses e ideas recurrentes en sus cuentos, novelas, poemas, y hasta en sus intervenciones críticas, preferentemente dedicadas a alabar a esos compañeros de ruta menos afortunados, pero igualmente geniales. Y ahora que lo pienso, bien podría ser que el meteórico y creciente éxito comercial de Bolaño haya generado en las editoriales el deseo de redescubrir a toda una generación de escritores latinoamericanos convertidos con los años en auténticas figuras de culto. Mejor así.

Aunque tampoco faltarán los cultos seguidores de esos cultos ocultos que pondrán el grito en el cielo porque los nombres sagrados andan en boca de cualquier profano. Eso tampoco está mal. A todos nos gusta sentir que esos libros fueron escritos para nosotros, exclusivamente. O que cierta música sólo resuena en nuestras cabezas. En cualquier caso, siempre nos queda el consuelo de saber que, a pesar de que hasta nuestros peores enemigos lleven esos libros, esos discos debajo del brazo, sólo nosotros alcanzamos a entenderlos, a disfrutarlos como ellos se merecen.

Y todo esto viene a cuento porque el último eslabón de la cadena es la reciente edición de ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo (Cali, 1951-1977), un libro luminoso de un autor brillante que se suicidó a los 26 años, en el preciso instante en que se editaba su novela, de la que está tomada la cita que encabeza este post. Alguien -no me acuerdo quién- definió a Caicedo como un escritor que había vivido como un personaje de Bolaño. Como definición, no está nada mal. Al fin de cuentas, el propio Bolaño fue un personaje de Bolaño, bajo el nombre de Arturo Belano, así como Mario Santiago se convirtió en Ulises Lima en Los detectives salvajes. Caicedo vendría a ser la estrella colombiana y distante de esa constelación.

Así que ajusten sus telescopios y estén atentos, porque se anuncia que este es apenas el primero de una serie de libros de Andrés Caicedo que serán publicados en la Argentina.

Felicidad y paz en mi tierra.