jueves, 17 de febrero de 2011

bolaño unlimited


En la raíz de todos mis males se encuentra mi admiración por los delincuentes, las putas, los perturbados mentales, se decía Amalfitano con amargura. Cuando adolescente hubiera querido ser judío, bolchevique, negro, homosexual, drogadicto y medio loco, y manco para más remate, pero sólo fui profesor de literatura. Menos mal, pensaba Amalfitano, que he podido leer miles de libros. Menos mal que he conocido a los Poetas y que he leído las Novelas. (Los Poetas, para Amalfitano, eran los seres humanos brillantes como un relámpago, y las Novelas, las historias que nacían de la fuente del Quijote.) Menos mal que he leído. Menos mal que aún puedo leer, se decía, entre escéptico y esperanzado.

Menos mal que editaron Los sinsabores del verdadero policía, digo yo.

Y la cosa va más allá de la mera fascinación por la catarata de ediciones póstumas que de un tiempo a esta parte viene encarando Anagrama (Póstumo Bolaño podría llamarse un personaje de una posible novela fantasma: un escritor con más títulos de ultratumba que el mismísimo Salinger, al menos hasta que aparezcan esas quince novelas terminadas que, a un año de la muerte de JDS, siguen siendo aún más misteriosas que las obras completas de Cesárea Tinajero). Entonces: 2666 es la bisagra, el opus magnum con un pie de cada lado: obra cumbre, prácticamente terminada, pero editada post mortem. Después vinieron los textos "hallados en el ordenador", obras más o menos avanzadas, pero que en todo caso dejaban un sabor extraño, la sensación de que esos textos (El secreto del mal, sobre todo, pero también la temprana El tercer Reich) eran buenos, claro que eran buenos, pero no terminaban de acomodarse en el corpus bolañesco. Y después, aquellos libros que ya habían sido editados en vida de Bolaño, pero por otras casas editoriales. Esos que uno sufrió para conseguir, recurriendo a la piratería o a los amigos que en Chile o en España (¡gracias, Vero!) conseguían Tres en la edición de Acantilado, o Una novelita lumpen en Mondadori (en la misma colección que editó Mantra, la novela bolañesca de Rodrigo Fresán en el DF). La última en aparecer en Anagrama, hasta el momento, era La literatura nazi en América (la novela wilcockiana de Bolaño, y la favorita de Pablo Gianera, además), aunque la edición de Seix Barral esté todavía fresca en la memoria de los que la vimos no hace mucho rondando algunas estanterías. Y ahora llega Los sinsabores del verdadero policía, que no se parece a ninguno de los otros títulos de Bolaño, aunque en varios aspectos se parece a todos. Menos mal.

Y si menciono rápidamente algunos títulos (y omito deliberadamente otros, entre ellos mis preferidos) es porque acabo de terminar la lectura de Los sinsabores del verdadero policía y mi primera sensación es que entre sus páginas se encuentran algunos de los pasajes más perfectos de la prosa de Bolaño pero, a la vez, está también la sensación de que uno tiene en las manos un libro imposible. "El policía es el lector", dijo alguna vez Bolaño, "que busca en vano ordenar esta novela endemoniada". Y seguramente lo dijo mientras él mismo buscaba poner orden en su novela que, sí, es verdaderamente endemoniada y que, como queda en evidencia a poco de avanzar en la lectura, se terminó transformando en 2666, que es la novela del mismísimo Demonio. Quiero decir: la sensación es que Bolaño estaba terminando Los sinsabores del verdadero policía, y seguramente sintió que algo le faltaba. Y que cuando encontró eso que faltaba, proyectó y escribió 2666, y Los sinsabores del verdadero policía quedó marginada, como un ejemplar mutante de una especie que no termina de adaptarse, o como dicen que quedan los niños que mueren sin bautismo. Como el clon N° 7 de la teniente Ripley en Alien: Resurrection. En Los sinsabores del verdadero policía Amalfitano está, pero es otro; Santa Teresa es todavía el Purgatorio y no se convirtió en el Infierno en el que confluyen todos los males del mundo; Arcimboldi es francés y su apellido se escribe sin "h". Royale with cheese y todo eso.

La sensación es que Los sinsabores del verdadero policía no es una novela que nos llega desde el más allá, tampoco un ejercicio más o menos exitoso, sino que es una novela escrita en un universo paralelo. Uno muy parecido a este, pero con sutiles diferencias. No se trata de un globo de ensayo para 2666, es 2666, pero escrita en otro mundo; es uno de esos ejemplares de la Biblioteca de Babel, o es uno de los posibles senderos que se bifurcan en la novela imposible de Ts'ui Pen. O acaso las dos novelas sean instancias diversas de un mismo arquetipo. Es, eso sí, una novela endemoniada y extraordinaria.

Está también la dedicatoria ("A la memoria de Manuel Puig y Philip K. Dick") que es como una pista (pero, ¿una pista falsa?) arrojada en la cara del lector/policía. Y no faltará el lector vigilante que busque la forma de plantarle evidencia a la novela y decir, verosímilmente, que se trata de una mera cortina de humo para seguir lucrando con la rentable marca Bolaño. Que cada uno piense lo que se le de la gana. Para mí, Los sinsabores del verdadero policía es además la novela más explícitamente política de Bolaño (aún más que Estrella distante, más que Nocturno de Chile), y acaso también la más sensible. Casi diría maricona, para usar una palabra recurrente en la novela: Amalfitano y Padilla hablan de poesía como Molina le habla a Arregui de cine en El beso de la mujer araña. En cuanto a Philip K. Dick, está presente en el impulso de la novela por querer abarcarlo todo (paranoia is total awareness decía el autor de Ubik) y también por portación de apellido: digamos que en una traducción al inglés de la novela de Bolaño, la palabra "dick" debería aparecer unas cuantas veces, en boca (¡ejem!) de unos cuantos personajes.

Una última palabra, acerca de otras referencias, otros posibles senderos que apuntan a otros libros de Bolaño, o a ese libro que los contiene a todos que se llama Los detectives salvajes: aquí están también, como allí, las más irresistibles discusiones poéticas (la que abre el libro, sin ir más lejos, o las "notas de una clase de literatura contemporánea" de la segunda parte); una cierta similitud estructural, con la primera y la última partes como aquellas que trazan un arco narrativo que, en sus partes centrales, contiene todas las voces, todos los registros y todas las historias posibles; y está el desierto de Sonora, claro. El paisaje inhóspito, a la vez origen y fin (el desierto del pasado en 2001 o el desierto del futuro en El planeta de los simios), como el lugar en el que se esconde el misterio o la ausencia del misterio (que es, como uno intuye, la misma solución del misterio). Lo dice un jovencísimo Pancho Monje, recién reclutado para la banda de los asesinos de Sonora, cerca del final del libro:

Una vez, Alejandro Pinto, que tampoco iba a misa, le preguntó si creía en Dios o era agnóstico. Alejandro Pinto leía revistas de ocultismo y sabía el significado de la palabra agnóstico. Pancho no, pero la adivinó.
-¿Agnóstico? Ésas son cosas de maricones -dijo-, yo soy ateo.
-¿Qué crees que hay después de la muerte? -dijo Alejandro Pinto.
-Después de la muerte no hay nada.
A los demás guardaespaldas les sorprendió que un muchacho de diecisiete años tuviera las cosas tan claras.

Y, digo yo, lo que no tenía tan claro Pancho Monje es que después de la muerte todavía quedan más libros.

Menos mal.

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