lunes, 13 de diciembre de 2010

nunca taxi


A riesgo de que algún lector trasnochado interprete que a mi supuesta animadversión hacia público tradicional de ópera, críticos musicales y abogados agrego ahora a los periodistas en general (y a los columnistas de La Nazión en particular), me permito señalar el siguiente, deplorable párrafo de Pablo Sirvén en su columna dominical del diario de los Mitre, que transcribo:

No está quedando bien Mauricio Macri, paradójicamente, con los extremos sociales que pueblan la ciudad que gobierna. De Soldati no se hablará aquí, ya que los lectores encontrarán abundante información en otra parte de esta edición. Salvando las distancias, la clase más alta también se encuentra frustrada por el irregular funcionamiento de su joya ciudadana más emblemática: el Teatro Colón.

Voy a pasar por alto el hecho de que para el cronista el problema de Soldati no sean los muertos y la irresponsable xenofobia del Jefe de Gobierno sino el aparente daño a la imagen del líder del PRO. Más grave, tratándose de una columna de un suplemento de espectáculos, es el hecho de que para Pablo Sirvén el Teatro Colón sea "la joya ciudadana" de "la clase más alta" de la ciudad de Buenos Aires. La afirmación es todo menos inocente: hubo varias administraciones del Teatro Colón que hicieron lo imposible para intentar desarmar el prejuicio según el cual el Colón es patrimonio de una supuesta elite económica, cultural o, peor aún, intelectual. Esfuerzos por entender que un teatro como el Colón debe interpelar a la ciudad que le da sustento y razón de ser, que debe ser un ámbito de inclusión -no porque escuchar una sinfonía haga mejores a las personas, sino porque la posibilidad de disfrutar una sinfonía no debería ser nunca una prerrogativa de clase-. Es claro que nada de esto integra el menú cultural del PRO, como quedó en evidencia el día de la reinauguración de la sala el pasado 24 de mayo.

Curioso: el mismo día en que un diario critica al director del Colón por descuidar a las sufridas clases altas de Buenos Aires, otro publica tres páginas de una entrevista a ese mismo director, que anuncia que la temporada 2011 del Teatro "es maravillosa y espero que tenga el mismo brillo que ésta y, si es posible, que la supere" (curiosa expectativa: en cualquier caso, sólo basta con que llegue hasta el final sin interrupciones para que la temporada 2011 supere a la 2010, que si brilló en estas últimas semanas, lo hizo por su ausencia).

Pero ya que Sirvén habla de joyas en La Nazión, un párrafo de la entrevista en Perfil es, también, digno de mención. Transcribo la respuesta de García Caffi ante la pregunta respecto de la denuncia por parte de la encargada de la biblioteca del Teatro, Diana Fasoli, del aparente robo de más de 160 objetos de valor del patrimonio del Teatro:

"No lo sé. Todo eso proviene de dos y tres años antes de haber asumido yo la dirección del Teatro. En esa denuncia, señala que le faltan cerca de cien fascículos, libros, etc. Y yo me preguntaría –señala García Caffi con ironía–, con mucho cuidado, ¿qué pasa con una directora de un sector donde faltan 164 libros? Y a la cual, además, le robaron el bastón de Puccini. Me parece que sería ella la que tendría que preguntarse qué pasó con todo eso."

Que la respuesta de García Caffi es PRO, no caben dudas: cumple con el requisito de ser, como decimos en mi barrio, buchona y vigilante, como le gusta al Jefe. Pero más curioso aún es el hecho de que ni el propio director del Colón ni su brillante entrevistadora adviertan las terribles consecuencias que resultarían de aplicar ese mismo razonamiento a la propia gestión de García Caffi al frente del Colón. Parafraseando, entonces: ¿qué pasa con un director de un teatro donde se suspenden tantas funciones?

Pero, insisto, me interesa más la función que cumplen periodistas que gozan de un cierto prestigio, como Magdalena Ruiz Guiñazú y Pablo Sirvén. Las joyas del fin de semana son, sin dudas, sus respectivos aportes a la idea de que el Colón debe ser un ámbito para pocos. Una actitud que sólo puede considerarse irresponsable, por utilizar un adjetivo piadoso y que deja un margen para la esperanza, por módica que sea, de que puedan algún día cambiar de parecer.

Si no, mal que les pese, habrá que calificarlos de periodistas militantes de una causa que atrasa casi un siglo.

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