jueves, 3 de septiembre de 2009

nubes


Desde el avión, uno puede sorprender a las nubes proyectando sus sombras sobre la tierra, como si jugaran entre ellas a imaginar figuras extrañas, lúdicamente obscenas.

lunes, 31 de agosto de 2009

no son horas


Parte de la oposición ("miserable" la llama hoy Eduardo Aliverti, y el adjetivo es, además de contundente, justificado) afirma que este no es el momento para discutir una nueva Ley de Radiodifusión. Que este Congreso carece de legitimidad, puesto que en diciembre habrá una nueva conformación, con su correspondiente correlación de fuerzas.

Pensándolo bien, ni siquiera en diciembre habría que discutir estas cuestiones: en 2011 habrá elecciones, con lo cual el actual gobierno, al tener los días contados, carece de legitimidad. De más está decir, desde ya, que el gobierno que reemplace al actual también debería guardar un respetuoso silencio respecto de estas cuestiones, porque en 2015 habrá nuevas elecciones que sin duda modificarán la dinámica de la siempre sorprendente política argentina. Y ni hablar de los que ganen en el 2015, toda vez que deberán hacer mutis por el foro en el 2019. Estos oscuros personajes de la política deberían aprender de una vez por todas que ellos son presidentes, apenas, por cuatro años. Y eso si tienen suerte. Los medios, los que verdaderamente representan a "la gente", permanecen.

Y es cierto: parece que, para algunos, la Ley de Radiodifusión se está tratando unos meses antes de lo esperado. Claro que, otros podrían decir, en realidad ocurre que se está tratando veintiseis años más tarde.

"I wasted time, and now doth time waste me", decía el pobre Ricardo II de William Shakespeare. "So much to do...", le respondía el Guasón de Jack Nicholson, "...and so little time."
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Y yo que en unas horas me voy a Italia y tendré que ajustar el reloj unas cinco horas. Y ya sé que cuando vuelva me las devolverán, pero... ¿dónde las guardan, mientras tanto?

miércoles, 26 de agosto de 2009

el juicio de la historia


Los comentarios de Martín Liut al post anterior me dejaron pensando en un par de cuestiones. Hace poco, en una conversación con el compositor Marcelo Delgado surgió la misma inquietud: la ausencia de barricadas musicales como una especie de respetuoso temor al "juicio de la historia", a quedar atrapado en la vereda equivocada cuando en el futuro se tracen las coordenadas del presente.
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Creo que ambos aciertan en el diagnóstico -y en la consiguiente crítica a ese estado de cosas. Pero a mí, más que críticas, semejante cuadro de situación me provoca tristeza. Lisa Simpson justificaba el mutismo de su hermana Maggie apuntando que "es preferible no decir nada y que te tomen por tonto a abrir la boca y despejar las dudas". Y se ve que Reutemann no mira Los Simpsons.
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Pero no puede ser que nadie quiera abrir la boca por miedo al qué dirán. Podría ocurrir que, a causa de semejante mutismo, la historia tan temida decida olímpicamente ignorar a los que callan. Pero además, no habría por qué preocuparse: en el futuro, aplicando la misma regla, tampoco dirá nadie nada nunca.
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Y de acuerdo: todos recuerdan a Boulez invitando a quemar los teatros de ópera, a Stockhausen saludando a la instalación artística de Al-Qaeda en pleno Manhattan con ese nombre tan MoMA de "9-11", a los Beatles proclamando tenerla más grande que el mismísimo Hijo de Dios. Pero semejantes boutades empalidecen al lado del Marteau sans maître, de las Klavierstücke, del Álbum blanco, que son en última instancia las pruebas que los tribunales de la historia privilegian sobre los testimonios más o menos delirantes emitidos en estado de emoción violenta. Un ser absolutamente despreciable, racista y megalómano como Richard Wagner puede ser considerado -¡con justicia!- uno de los músicos más geniales de la historia. Y el juicio de la historia absolvió incluso a un nazi inescrupuloso como Carl Orff, que ni siquiera era un músico genial. Y pienso también en Paul Dukas, quemando toda su obra en su lecho de muerte, otro genio loco que perdió el juicio.
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Pero lo más ridículo de todo el asunto es que no queda del todo claro quiénes serán, en el futuro, los miembros del jurado que evaluarán el presente. Tengo para mí (siempre quise usar esta expresión, lo confieso) que las causas de hoy están casi condenadas de antemano a prescribir en silencio.
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No sé, tal vez exagero.
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La historia dirá.

lunes, 24 de agosto de 2009

diálogo de sordos


Ya es moneda corriente encontrarse con que el calendario suplanta la imaginación a la hora de programar conciertos o temporadas completas en muchos teatros u orquestas oficiales. Así, por ejemplo, no sería raro encontrarse el año próximo con una exhumación de La Vestale de Vincenzo Pucitta, estrenada en el King's Theatre de Londres en 1810 y escuchada por última vez, según cuentan los investigadores de Opera Rara (NYC), en Buenos Aires, en 1828. De acuerdo, tal vez habría que esperar hasta 2028 para escucharla en el Colón, pero, como sea, la figura del programador / cazador de efemérides parece estar nuevamente de moda, a juzgar por el ciclo de sinfonías completas de Mendelssohn que se anuncia por allí. Y conste que no me parece mal que esas sinfonías se interpreten en un teatro... cerrado, como es el caso.
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Y escribo "nuevamente", porque la moda de escrutar el calendario, al igual que la de nombrar a los hijos de acuerdo con el Santoral, no es para nada nueva. Ya apareció en un post anterior el relato del escandalete del homenaje a Beethoven que la ciudad de Bonn preparó en 1845, no se sabe si para recordar los 75 años del nacimiento o los 18 de la muerte del pobre Ludwig Van. En cualquier caso, se trataba de una especie de ensayo para cuando llegara el momento verdaderamente significativo, el de 1870, el centenario del sordo, misántropo y desaliñado compositor que le cantó a la alegría universal. Y sería cuestión de averiguar si no fue precisamente el de Beethoven el primer centenario en ser celebrado oficialmente en el mundo musical -el mito de Bach es bastante tardío y para elebar a la categoría de Padre de la Música fue necesario someter al "señor gordito y con peluca" a una prueba de ADN retroactiva-.
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Pero llegó 1870 y Viena quiso celebrar a lo grande e, ingenuos como eran, pensaron que la figura colosal de Beethoven lograría lo imposible: juntar bajo un mismo techo a los máximos representantes de dos escuelas que reclamaban para sí la herencia del muerto y que, desde ya, no podían verse -u oírse, dadas las circunstancias- ni de lejos. Wagner y Liszt declinaron la invitación cuando supieron que los programadores habían incluído a Brahms y Joachim en la lista de ilustres asistentes, y viceversa. Allen Menschen werden Brüder, sí, cómo no... Las delirantes autoridades vienesas fantaseaban incluso con un Kaiser-Konzert con Clara Wieck de Schumann en el piano y Richard Wagner en el podio. Un delirio, como imaginar una banda con Damon Albarn y los hermanos Gallagher tocando temas de Ringo Starr.
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Y bien podría ser que la negativa de Brahms se haya visto motivada por el temor a que Wagner sedujera a Clara -es proverbial la debilidad wagneriana por las mujeres ajenas-, pero en cualquier caso, hoy se echa de menos cierta beligerancia estética como la de aquellos años, o la que, hace unas pocas décadas, generaba discursos encendidos y música de barricada en las salas de conciertos. Hoy, apenas si se puede disfrutar de un módico escándalo por un tenor que entra en bibicleta en Lucia di Lammermoor o un Don Giovanni que recurre a unas pastillitas azules para abordar en una misma noche a Donna Anna, Zerlina y la novia de un Leporello que ya se está cansando de tanto notte e giorno faticar.
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Parece que estas son épocas de tolerancia, de diálogo, de consenso, de escuchar a Wagner y a Brahms en una misma velada.
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Deine Zauber binden wieder
was die Mode streng getheilt.
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Y ya hay que ir preparando la temporada 2033, con su bicentenario brahmsiano, los 220 años de Wagner y el centenario del ascenso al poder del perfecto wagneriano y amante de la Novena sinfonía de Beethoven de nombre Adolf.
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Eso sí, sin gritos ni estridencias.

martes, 18 de agosto de 2009

la solitaria muerte de William Zanzinger

La noticia circuló este fin de semana, aunque la escena tuvo lugar hace más de un mes. Bob Dylan deambulaba por las calles de un barrio residencial de New Jersey y una vecina llamó preocupada a la policía, que procedió a llevarse al “anciano pordiosero”, a la sazón indocumentado. (Esto último es casi redundante: ni el documento de Dylan debe decir “Dylan”, ni el de Madonna, “Madonna”.) Finalmente, Dylan fue liberado una vez que su identidad fue corroborada por el personal de la gira que, junto a Willie Nelson y John Mellencamp, llevó por esos pagos a Robert Allen Zimmerman, a.k.a. Jack Frost, a.k.a. Jim Nasium, a.k.a. Alias, y siguen las firmas apócrifas. Y me pregunto cómo habría reaccionado esa pobre señora si se los cruzaba a los tres juntos, en especial a Willie Nelson y sus trenzas ancestrales.

Lo curioso es que la policía norteamericana, habituada a hacer cantar a los sospechosos, apenas logró arrancarle a Dylan unas palabras “incomprensibles”. Y yo sé de varios que dirán que esa era, precisamente, la prueba irrefutable de que el sospechoso en cuestión no podía ser otro que Bob Dylan.

Y claro, todos los medios cantaron al unísono el coro de "Like a rolling stone", en lo que sonaba a todas luces como un caso de tardía pero eficaz justicia poética. Ahí estaba él ahora, por las suyas, vagabundo, un completo desconocido. Y una única pregunta posible para hacerle a Dylan en ese momento: How does it feel?

La noticia que no circuló tanto fue la muerte de William Devereux Zantzinger, el pasado 3 de enero. El mismo de ese primer y contundente verso de "The lonesome death of Hattie Carroll":

William Zanzinger killed poor Hattie Carroll…

Y los diarios que recordaron la historia y algunos que se apresuraron a señalar que la canción de Robert Allen Zimmerman, a.k.a. Bob Dylan, estaba plagada de inexactitudes. Que escribió mal el apellido de Zantzinger. Que Hattie Carroll no tenía diez hijos, como decía la canción, sino once. Que omitió que la mujer murió bastante después del golpe de Zan(t)zinger y que no fue totalmente probado que ambos acontecimientos estuvieran relacionados. Que Dylan exageró la capacidad del terrateniente con nombre de ópera de Donizetti de utilizar influencias políticas para zafar de una condena mayor.

Porque, según parece, una cosa es que el dueño de una plantación de tabaco disfrute golpeando con su bastón a una sirvienta y otra muy distinta es que una canción no diga la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

En 1965, en un célebre recital en Manchester, Dylan zanjó la cuestión con una frase contundente, casi socrática en su ironía:

Esta es una historia real… Está tomada de los diarios.

domingo, 16 de agosto de 2009

una de vampiros


Parece que la lluvia no quería aflojar. Que todo empezó con muchas, interminables lecturas y láudano a borbotones. Que la imaginación, abundante en esa casa en las afueras de Ginebra en el verano de 1816, hizo el resto. Lord Byron propuso pasar la noche inventando historias de fantasmas y sus invitados abrazaron la propuesta sin pensarlo dos veces. Curioso: los dos autores "famosos" del cuarteto, Shelley y el propio Byron, apenas si escribieron un par de páginas. Los otros dos, Mary Wollstonecraft y John William Polidori, dieron vida a dos monstruos fascinantes e irresistibles, como si esa noche hubieran decidido vampirizar a sus célebres compañeros.
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Y si el Frankenstein de Mary Shelley se pudo y se puede encontrar con facilidad en cualquier librería, no se puede decir lo mismo de El vampiro de Polidori. Razón de más para celebrar la reciente edición de Norma en su colección "Verticales de bolsillo", que se consigue a un precio más que razonable en las librerías de Buenos Aires. En la introducción se destaca la importancia de un relato escrito casi ochenta años antes del Dracula de Bram Stoker, se repasan algunas de las influencias que la obra ejerció en las generaciones posteriores, y también algunas de las influencias que se pueden rastrear en el propio Polidori: es difícil no imaginar a Lord Ruthven con los rasgos de Byron, de uno de cuyos personajes toma incluso su nombre. Vampirismo, en todos los niveles.
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Lo que no se menciona en la introducción -y esto no es necesariamente una crítica- es que apenas unos años después de editada la historia de Polidori, un éxito absoluto en Europa, un compositor alemán decidió hacer de ese relato una ópera. Der Vampyr de Heinrich Marschner es la típica obra que en todos los manuales de música, en todas las biografías de Wagner, en todos los ensayos sobre ópera alemana, se menciona como eslabón imprescindible, pero menor, en la cadena de grandes obras que va de La flauta mágica de Mozart hasta El anillo del nibelungo de Wagner, pasando por el Freischütz de Weber. Es, sin embargo, una obra notable, que en los últimos años se comenzó a rescatar de ese relativo ninguneo. Hace unos años la grabó Jonas Kaufmann, unánimemente aclamado por aportar sangre nueva a los escenarios líricos del mundo. Y aquí se puede ver un documental de media hora acerca de la producción del Vampyr en el Teatro Comunale de Bologna, en 2008.
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Parece que al bueno de Marschner le llegó la hora de la reivindicación. Y es que, se sabe, a veces los vampiros duermen, pero cuando se despiertan es muy difícil resistirse a su canto.