miércoles, 12 de agosto de 2009

la luna, parte 2


La historia tiene su encanto. Todavía hoy ignoro cuánto de cierto puede haber en el relato de mi amigo, pero me gusta pensar que esa es, en definitiva, la verdad del asunto, lo que verdaderamente se oculta en el lado oscuro de la luna. Una complicada serie de acontecimientos que llevaron, primero, a la falsificación del documento visual que atestiguaba el alunizaje del módulo Eagle, y, unos años más tarde, a la súbita cancelación de los viajes tripulados al satélite natural de la Tierra, cuatro letras, ocho horizontal.

Lo dicho, entonces. La necesidad de falsificar la caminata lunar de Neil Armstrong no se debió al fracaso de la misión Apolo XI, sino a su éxito. Al hecho de que, cuando el socio N° 80.400 del Club Atlético Independiente dio su célebre primer y pequeño paso, se encontró con que alguien lo estaba esperando. Y fue entonces que pegó un gran salto. Se dice que Aldrin –socio N° 80.399 del club de Avellaneda– lo tuvo que sujetar de uno de sus tobillos para evitar que se perdiera en el espacio ingrávido. Collins –socio N° 80.401– presenció toda la escena desde el módulo lunar, decidido a despegar de inmediato si la cosa se complicaba.

Pero no se complicó, o por lo menos no en ese primer encuentro. La persona que los esperaba –el embajador, o lo que ellos creyeron que era el embajador de la civilización selenita–, era un hombre como cualquier otro, a excepción de una barba larguísima que flotaba gracias a la ausencia de gravedad de la superficie lunar, un bastón de un material completamente desconocido en la Tierra, y el hecho de que vivía en la luna. Pero, por todo lo demás, parecía un hombre como cualquiera de los que habitaban por entonces el tercer planeta empezando a contar desde el Sol.

Mi amigo no pudo obtener mayores datos acerca de la conferencia que mantuvieron Armstrong, Aldrin y el embajador selenita, aunque no es difícil imaginar lo que se discutió entonces, habida cuenta de lo que ocurrió en los años siguientes. Esta fue la historia que el misterioso hombre de gris le contó a mi amigo y que yo ahora reconstruía mientras orbitaba cuidadosamente alrededor de mi propio planeta rojo, la colorada que seguía apoyada en la barra, un cuerpo que parecía desafiar a la gravedad con autoconsciente orgullo.

Al parecer, lo que Armstrong y Aldrin acordaron con el embajador selenita, a expreso pedido del Consejo Lunar de Ancianos, que esperaba de un momento a otro la llegada de los humanos a su suelo, fue mantener en absoluto secreto, para cada una de las civilizaciones –lunar y terrestre–, la existencia de la otra. De ahí la necesidad de fabricar un registro apócrifo del momento del alunizaje. Tras una breve deliberación, ambas partes llegaron a la conclusión de que ninguno de los dos pueblos estaba preparado para asimilar semejante revelación. Para los selenitas, mantener el secreto era mucho más sencillo: no había necesidad de fraguar ningún tipo de documento, puesto que no eran ellos los que habían gastado fortunas en enviar gente al espacio para conocer sus misterios. La misión terrestre, en cambio, había generado tal expectativa que se hacía necesario volver con algo, lo que sea, aunque sea un aburridísimo video en el que no pasa absolutamente nada.

Pero claro, los humanos son curiosos por naturaleza, como dijo el sabio Aristóteles, que poco sabía de la luna pero bastante de los asuntos terrestres. Y los hombres siguieron viajando a la luna y fabricando videos caseros de pobre calidad y menor interés para evitar que esas ansias de conocimiento se expandieran entre la población como un virus poderoso y letal. Lo que no imaginaban era que esos viajes pondrían a la Tierra al borde de un conflicto intergaláctico de extrema gravedad. Porque lo que no alcanzaban a comprender, en su desmesurada hýbris, era que el Consejo Lunar de Ancianos no buscaba proteger a la población terrestre –de la que poco sabían y que poco les importaba, en realidad– sino a sus propios congéneres lunares, mucho más inestables y beligerantes que los humanos, y un poco trotskos.

Así fue que los sucesivos viajes humanos a la luna comenzaron a generar sospechas en la población selenita, que empezó a murmurar que su gobierno estaba ocultando información. Confinados al lado oscuro de la luna, imaginaban que del otro lado, bajo los insoportables rayos del Sol que la Tierra reflejaba como un espejo dirigido por las manos inocentemente irresponsables de un dios eternamente adolescente, estaban pasando cosas raras. La prensa verde –equivalente al amarillismo terrestre– afirmaba que el gobierno ocultaba las pruebas irrefutables de que había vida en la Tierra, y difundía videos apócrifos de una supuesta autopsia a un cosmonauta ruso que, alcoholizado, había realizado un alunizaje de emergencia en la década del ’60 [N. B. por razones de comodidad para los lectores, se utiliza la conversión del calendario lunar al terrestre].

El Consejo de Ancianos se vio obligado entonces a intimar a los terrícolas a suspender los vuelos tripulados a la luna. Palabras más, palabras menos, lo que exigieron es no volver a ver un solo hombre pisando la superficie lunar, so pena de tomar las acciones necesarias para demostrarles a los selenitas que, efectivamente y al fin de cuentas, no había vida en la Tierra. Desde entonces, sólo unos pocos humanos conocen la verdad: quienes están detrás de las operaciones de ocultamiento de las pruebas de vida extraterrestre no son los sucesivos representantes del Gobierno de los Estados Unidos, sino el Consejo Lunar de Ancianos, cuyos cañones láser están apuntando preventivamente hacia nosotros.

Nosotros, que no tenemos, como Damocles, el privilegio o la maldición de saber que una espada mortal pende sobre nuestras cabezas.
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Me pregunto si la pelirroja me creerá esta historia cuando la invite a mi habitación, en diez… nueve… ocho… siete… seis… cinco… cuatro… tres… dos… uno…

jueves, 6 de agosto de 2009

there there


Ya puede escucharse on-line "Harry Patch (In Memory Of)", también conocida como la Última Gran Canción de Radiohead. El nombre es bastante explícito -el tema rinde homenaje al último sobreviviente de la Primera Guerra Mundial, fallecido en estos días- pero pueden encontrarse más datos en la página web de Radio 4.
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También pueden escuchar, clickeando acá, "Go to Sleep", el cover de Radiohead que funciona además como adelanto de Perfume de Carnaval, nuevo disco del Fer Isella Quinteto que saldrá en octubre. Además de Fer Isella en teclados, están Richard Nant en trompeta, Ramiro Flores en bajo, Lucio Balduini en guitarra y Lulo Isod en batería. A título personal, cuento que cuando escuché al quinteto en vivo tocando este tema, se me voló el sombrero. Literalmente, porque había llevado sombrero, y además esa noche soplaba un tremendo viento. Pero fundamentalmente por el sonido del grupo, combinando las dosis justas de potencia y sutileza. Como corresponde tratándose de un cover de Radiohead, la descarga del tema es a la gorra virtual.
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Y para que no digan que en este blog rige la Ley del Menor Esfuerzo (al fin de cuentas, también tiene su encanto encotrar las cosas porque se las busca y no porque le vienen a uno servidas en bandeja de entrada), googleen las palabras Thom Yorke + All for the best. Y a ver qué pasa.

lunes, 3 de agosto de 2009

otro efecto Beethoven (y Van...)


En agosto de 1845, la ciudad de Bonn se disponía a celebrar a lo grande la memoria de su hijo dilecto, Ludwig van Beethoven. Parece que el fanatismo llegaba a límites curiosos, aunque no tanto para ojos contemporáneos que en las últimas semanas han visto a seres andróginos con barbijo practicando el moonwalking por las calles del planeta Tierra, en homenaje a ese visitante ilustre que fue Michael Jackson. Pero volviendo al Sordo -que, para los alemanes de entonces, cada día componía mejor-, parece que León Kreutzer, corresponsal de la Revue et gazette musicale de Paris para la ocasión, se escandalizó al ver en las calles de Bonn a los visitantes que llegaban de toda Europa vistiendo la "corbata Beethoven" y fumando los "habanos Beethoven". Anotó en su crónica: "Resulta triste decirlo, pero el pequeño comercio de Bonn se ha mostrado singularmente irreverente con la memoria del ilustre autor y se ha desarrollado en él un inmenso afán de lucro." Al respecto, Esteban Buch apunta, en su monumental La novena de Beethoven, que

...la mencionada profanación no deja de ser, en su modesta escala, un signo de modernidad y un anuncio de toda una industria que se hará inseparable del culto pretendidamente ascético a los grandes artistas y que, quizá sin expresarse bajo la forma del vandalismo, se rige hasta hoy por la dialéctica del "hurto" y la "reliquia".

Lo del vandalismo alude a otra crónica de la época en la que se registra la fruición con la que los visitantes europeos se dedicaban a llevarse todo tipo de recuerdos (cuerdas de piano, pedazos de mampostería) de la casa natal de Beethoven, que también en esto fue un verdadero precursor de todo lo que se supone que debe ser una figura musical en toda regla. Me acordaba de estas cosas porque hace poco hablábamos con una amiga acerca de Efecto Beethoven. Complejidad y valor en la música de tradición popular, un más que recomendable libro de Diego Fischerman que por estos días (más exactamente, el miércoles a las 19.30 en La Boutique del Libro) presenta junto a Abel Gilbert otro gran libro, ya recomendado en este blog, que es Piazzolla. El mal entendido.

Y a propósito de ese libro y esa entrada: en aquella oportunidad me llamó la atención una posible comparación de cierto aspecto de la retórica piazzolliana con la figura de Perón; el líder de un movimiento que abarca demasiadas contradicciones, y cuya figura significa demasiadas cosas muy distintas para diversas personas, grupos, clases, tendencias. Todas ellas pugnan por reconocerse los verdaderos herederos, los hermeneutas autorizados, los custodios de... bueno ahí está el problema: ¿custodios de qué, verdaderamente?

Pero ahora resulta que también Beethoven fue, en eso, un precursor. Describe Buch los momentos previos a la celebración de 1845:

... en el caso de las fiestas dedicadas a Beethoven, la sombra es la de una figura múltiple que, por el hecho mismo de ser admirada por todos, saca a la luz las diferencias, incluso las divergencias, entre los admiradores. Así, al pie de su estatua, encontramos a "los buenos burgueses" de Bonn que quieren festejar a su ilustre conciudadano y fortalecer de este modo el arraigo local de la memoria común; a la "Europa musical", compositores, intérpretes y críticos, deseosos de honrar a su padre simbólico así como asegurarse un buen lugar en su descendencia; y a la alta aristocracia europea, atrapada un poco a su pesar en una nueva dinámica identitaria que ya no tiene a los suyos como protagonistas. Cada uno tiene sus motivos, cada uno tiene sus ambiciones; y esas contradicciones no dejarán de tener consecuencias en el curso de los acontecimientos.

Las primeras de esas consecuencias fueron el escándalo y las trompadas que volaron en el almuerzo final, en el que un joven Liszt luchaba por hacerse oír, à la Leonardo Favio, entre el griterío y los destrozos. Menos sangrienta que Ezeiza, la celebración popular de Bonn dedicada a conmemorar al "padre simbólico" fue un escándalo cuyos ecos perduraron por décadas.

Es que parece imposible imaginarse la música sin Beethoven. Para algunos seguirá siendo el Prometeo que les otorgó a los pobres mortales la llama de la libertad; para otros, no será más que el emblema de todo lo viejo que hay que dejar atrás. Nunca faltarán los obsecuentes dispuestos a poner su busto, su imagen o incluso su nombre en un Conservatorio, y a exigir como lectura obligatoria el Testamento de Heligenstadt, en el que Beethoven escribió la razón de su vida.

Me pregunto si hay algo más parecido a un león herbívoro que un compositor sordo. Y, claro, llevaremos en nuestros oídos la más maravillosa música, y todo eso.

Somos lo que las 32 sonatas dicen.

Beethoven vuelve.

jueves, 30 de julio de 2009

gestos


Miércoles 29 de julio, 19.00 hs. Biblioteca Nacional. Silvia Dabul presenta su cd Parajes junto a Víctor Torres, Graciela Oddone y Susanna Moncayo. Parajes incluye canciones sobre poemas de la propia Silvia, compuestas por Gerardo Gandini, Marcelo Delgado, Julio Viera, Marta Lambertini, Julián Panisello, Juan María Solare, Andrés Giménez Noble y el mismísimo -genial- Víctor Torres. No voy a decir mucho sobre el concierto, apenas registrar una imagen, fugaz pero, a su modo, indeleble. Fue en "Inclinación" de Julio Viera, ya cerca del final del concierto. Supongo que, pasadas la mayoría de las obras, con una respuesta del público sumamente calurosa, lo que podrían haber sido nervios en un comienzo ya se habían convertido en otra cosa. Energía, por ejemplo. O algún tipo de controlada emoción, esa que despliegan los artistas con un pudor ambiguo. Curioso, porque eso mismo decían las palabras que Susanna Moncayo cantaba en ese preciso momento:
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podría olvidar el pudor
las precauciones literarias
y escribir
por una vez
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Y entonces, el momento del que hablaba: Silvia cantó. Yo no sé si se habrá dado cuenta, si esa misma reacción se repitió en cada ensayo, o si fue apenas un impulso, de esos espontáneamente irresistibles (¿o es al revés?). Su voz era casi imperceptible, pero sus labios acompañaban claramente cada palabra, mientras Susanna cantaba:
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sólo esta noche
un lugar
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Y sí, eran sus palabras, pero a la vez uno no puede dejar de pensar en que ese, precisamente, es el sentido en el que debería hablarse, en las canciones, de "acompañamiento".
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Ese mismo miércoles 29 de julio, 20.30 hs. Teatro Avenida. Actúa el ensamble apropiadamente bautizado Les goûts-réunis con María Cristina Kiehr como solista. Somos varios los que llegamos tarde, provenientes de otros parajes. Entro en la segunda parte, cuando el Ensamble ataca la Trio-sonata en Re mayor para flauta dulce, oboe y bajo continuo de Handel. Todos mis reparos contra la música de Handel desaparecieron en los diez minutos que duró la obra. Para cuando María Cristina Kiehr entró para la cantata Tra le fiamme, yo ya era un handeliano converso. Sentado, además, en la primera fila, pude alcanzar a ver las miradas que se dirigían Manfredo Kraemer y Juan Manuel Quintana para mantener la perfecta maquinaria de la cantata en movimiento. También pude ver, al fondo del escenario, durante las arias en las que su instrumento no participaba, al oboísta... cantando. Y todavía faltaba lo mejor, un bis dedicado al joven Handel de Aci, Galatea e Polifemo: OK, es cierto, es una obra napolitana y la voz debe ser lo primero en lo que uno debe reparar, y eso está muy bien. Pero si lo de MCK fue extraordinario, no hay palabras para describir lo que logró el ensamble en esta obra. Además de una musicalidad exquisita -habitual en Kraemer, Quintana & co.- pocas veces escuché a un conjunto sonando de ese modo, como un organismo vivo, latiendo en cada nota. Manfredo Kraemer, incluso cuando no tocaba, acompañaba la respiración de la cantante. Otra vez: yo no sé si esos movimientos son conscientes. Ni siquiera estoy seguro de que uno deba reparar en esas cosas, o que sean una señal de algo relevante. Pero esos mínimos gestos también son, a su modo, elocuentes.
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La música también está ahí.

miércoles, 29 de julio de 2009

la luna, parte 1


De todas las teorías conspirativas que rodean la llegada del hombre a la luna, mi favorita es la que sugiere que la misión Apolo XI fue exitosa, pero no en el sentido en que nos hicieron creer. Es decir, Armstrong, Aldrin y Collins llegaron a la Luna, pero las imágenes que dieron la vuelta al mundo son, sin embargo, una producción hollywoodense filmada en el desierto de Arizona: lo que el gobierno norteamericano oculta no es el fracaso de su misión, sino las verdaderas y escalofriantes imágenes que el Eagle envió a la Tierra la noche del 20 de julio de 1969…

La insaciable imaginación paranoica se atrevió a sugerir que, un poco a la manera del incidente de Roswell y la célebre Área 51 –o Área 52 ya que, puestos a ser verdaderamente paranoicos, deberíamos aceptar, como sostienen algunos, que el Área 51 es apenas una cortina de humo–, los tripulantes del Apolo XI encontraron pruebas irrefutables de vida extraterrestre. Están los que sugieren la percepción de una intangible presencia, la sensación de los astronautas de sentirse observados –acaso se debiera a su escasa familiaridad con las cámaras de televisión–, y los que afirman lisa y llanamente que Armstrong mantuvo una conferencia con los embajadores selenitas, que exigieron que todo el asunto se mantuviera en secreto, puesto que la humanidad aún no estaba preparada, en plena era nuclear, para enfrentar semejante revelación.

La variante soviética del asunto afirma que los norteamericanos no quieren revelar sus contactos con seres extraterrestres puesto que, en tanto esas civilizaciones son mucho más avanzadas que la de la Tierra, todas ellas adoptaron el régimen comunista. En aquellos años, la superioridad de los rusos se manifestaba incluso en el mejor aprovechamiento de la tecnología: mientras los norteamericanos gastaban fortunas en diseñar la lapicera capaz de escribir en el espacio ingrávido, los rusos equipaban a sus cosmonautas con lápices.

Había, desde ya, variantes más disparatadas. Una sugería que los primeros en pisar la superficie lunar fueron los vikingos, pero que no dejaron testimonio de ello. Otros afirmaban que, como en todos los demás ámbitos del conocimiento, el primero que había logrado pisar la luna había sido Leonardo Da Vinci. Finalmente, estaban los que aseguraban que los norteamericanos habían hallado todo tipo de riquezas en la superficie lunar, pero imaginaron que si distribuían imágenes lo suficientemente aburridas, nadie más querría molestarse en viajar a la luna, y ellos podrían usufructuar esos tesoros en soledad. Los jerarcas de Hollywood aceptaron filmar el video apócrifo con la condición de que parte de las riquezas selenitas se utilizaran en la producción de películas de Spielberg, que nadie estaba dispuesto a financiar con dinero terrestre. La idea era enviar después esas películas al espacio, para despistar a los verdaderos dueños de los tesoros. Los extraterrestres jamás sospecharían de los terrícolas, al deducir, después de haber visto esas películas, que en la Tierra no había vida inteligente.

Por mi parte, logré enterarme de la verdad del asunto casi de casualidad. Un amigo había estado en la NASA como resultado de un proyecto de intercambio con la Universidad de Buenos Aires y, apasionado por todo lo que tuviera que ver con las misiones al espacio, se dedicó a visitar todas las instalaciones a las que estaba autorizado a ingresar y a intentar entrar en todas aquellas a las que tenía prohibido siquiera acercarse. En estas últimas, desde luego, no pudo entrar, pero se las ingenió para entrevistarse con personas que lo hacían con regularidad, o que al menos lo habían hecho alguna vez. Mi amigo siempre fue un científico en toda regla y jamás suscribió a ninguna de las teorías conspirativas que ya en ese entonces –eran los trágicos años ’90– circulaban masivamente. Sólo lo movía el genuino interés por conocer los secretos del espacio, a los que había dedicado todos sus años de estudio en la Universidad.

En cualquier caso, en una de sus numerosas entrevistas informales, mi amigo dio con un viejo director de una oficina perdida en los laberintos burocráticos de las agencias gubernamentales norteamericanas que le invitó una copa en un bar de mala muerte en las afueras de Houston. Mi amigo aceptó, un poco a regañadientes. Ya se había entrevistado con verdaderas personalidades del ambiente espacial de los Estados Unidos, y había logrado recabar información muy valiosa y bibliografía de primerísima mano para continuar seriamente sus estudios. Una conversación con un hombre gris como el que ahora lo invitaba a subirse a su auto no podía agregarle nada de verdadero valor. Sin embargo, mi amigo estaba tan contento con los resultados de su viaje que unos tragos de despedida antes del regreso, sobre todo si no iba a ser él el que los pagara, le parecían una propuesta atractiva. Supongo que ignoraba hasta qué punto esa decisión, aparentemente inocente, le habría de cambiar la vida. Un pequeño paso para un hombre, pero un pisotón fulminante para las aspiraciones científicas de la humanidad.

Cuando, a su regreso, me contó los pormenores de su conversación con ese hombre gris, mi amigo ya era otra persona. No se había producido ningún cambio brusco, ninguna modificación alarmante o repentina, pero había algo en su voz, una cierta melancolía, o el eco lejano de una cierta melancolía, que delataba que mi amigo había cambiado de una manera definitiva y, tal vez, fatal. Como si las palabras fueran suyas, pero ya no le importara nada de lo que decían. Después de escucharlo, estuve tentado de insinuar que las grandes cantidades de alcohol que enmarcaban su relato lo volvían escasamente confiable. En primer lugar porque, borracho, el hombre gris podría haber puesto en palabras una alucinación o un delirio. En segundo lugar porque mi propio amigo podría haber escuchado cualquier cosa después de tres o cuatro tequilas. Finalmente no dije nada. Creo que asentí en silencio y pedí un trago más para los dos. Acompañé la mirada de mi amigo, que se había detenido en una pelirroja que se inclinaba sobre la barra para pedirle algo al oído al barman. Sonreí al pensar que la misma frase, con sentidos diversos, cruzaba en ese instante por nuestras cabezas. Una mujer de otro planeta, nuestros ojos fuera de órbita.

Supongo que sentí una fuerza invisible que me atraía hacia ella. Me levanté con cierta gravedad y empecé a caminar hacia la pelirroja como un asteroide en curso de colisión. Sabía que me esperaba un choque duro al final del recorrido, pero no podía evitarlo. Ya estaba caminando hacia ella, y mientras me acercaba repasaba en mi mente el relato que mi amigo me había hecho un rato antes. Pensé en las curvas de la pelirroja, en la música de las esferas. El verdadero secreto oculto del otro lado de la luna…

martes, 21 de julio de 2009

Ítaca revisited


Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Poseidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Poseidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.

Ítaca ya fue, alguna vez, tema de comentario en este blog. En esa ocasión, no mencioné a Kavafis, que algo sabía decir al respecto, como lo prueban esos primeros versos de su poema. Sí mencioné, entonces, la ópera de Monteverdi que en estos días se presenta en el Teatro Avenida. Son dos visiones muy diversas de una misma ciudad, de un mismo destino, entendido este último como el punto de llegada de un extenso viaje, no necesariamente determinado de antemano.
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El Ulises de Monteverdi no es en absoluto el mismo que partió a la guerra con Troya. Ese Ulises, el de las muchas mañas, el ideólogo de todo el asunto del caballo, el guerrero inescrupuloso, el Don Nadie que supo engañar a Polifemo, asoma fugazmente en el baño de sangre del final del segundo acto. Pero es apenas una ráfaga, el último destello de una furia demasiado antigua y, al decir verdad, agotada. El tercer acto es una alabanza a la fidelidad conyugal, una escena conmovedoramente doméstica, muy alejada de los tonos heroicos del primer acto, de las discusiones de los dioses y sus pactos demasiado humanos.
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Es rara la ópera de Monteverdi. A diferencia del Orfeo, cuyos personajes son relativamente unidimensionales –su profundidad, en todo caso, está dada por la perfección con la explotan una única gama de expresiones–, los personajes del Il ritorno d’Ulisse in patria tienen varios rostros. De todos ellos, Telémaco probablemente sea el que más se parece a los anteriores personajes de Monteverdi, los de la corte de Mantua. Ulises, Penélope y hasta los mismos pretendientes son, en ese sentido, más “venecianos”. El manejo de la tensión dramática, por caso, es ejemplar. Uno a uno, los nudos se van desatando (algunos más violentamente que otros), hasta que finalmente queda, como único lazo, el que une a los dos protagonistas, que terminan cantando al unísono.
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Pero Ulises y Penélope no se parecen a otros matrimonios. Leonora y Florestán, otra célebre pareja operística de cónyuges fieles, no pasan del trazo grueso, a pesar de la extraordinaria música de Beethoven. Con igual falta de sutileza, Jude the obscure de Thomas Hardy es poco más que un panfleto incendiario contra la institución matrimonial. El Ulises que, disfrazado, escruta los designios de los pretendientes y las respuestas de su esposa se parece bastante al Wakefield de Nathaniel Hawthorne. Y en el tercer acto, la desconfianza de Penélope acerca de la identidad de su marido se parece mucho a la de Laurel Sommersby en la película de Jon Amiel con Jodie Foster y Richard Gere. Como Sommersby, como Mambrú, Ulises también se fue a la guerra y cuando volvió ya no era el mismo.
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Un último comentario respecto de la versión del Ulisse que se puede ver por estos días en Buenos Aires. Lo de Víctor Torres es, como podía imaginarse, extraordinario. Lo mismo vale para el Telémaco de Franco Fagioli. Evelyn Ramírez, como Penélope, sorprende por la profundidad que logra transmitirle a su personaje. Pero hablar sólo de las voces sería injusto para una orquesta de lujo, con Manfredo Kraemer a la cabeza y dirigida por Juan Manuel Quintana con una riqueza expresiva deslumbrante. Es difícil imaginar mejores intérpretes para esta ópera. Y si parecen demasiados elogios, créanme que son pocos. Es la primera vez que esta ópera se presenta en Buenos Aires, y teniendo en cuenta que no se cumple ningún aniversario (de su autor o de su estreno), la propuesta es doblemente elogiosa en una ciudad que, de un tiempo a esta parte, fue perdiendo gran parte de su potencial creativo. Ya saben, el Colón sigue cerrado, pero tenemos jefe de policía.
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Y hablando de policía, yo sé de algunos que, si escucharan esta versión de la sinfonia de Il retorno d’Ulisse in patria por Il Giardino Armonico, no dudarían en pedir prisión preventiva para Giovanni Antonini y su banda milanesa.
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"Señor Montonero Antonini, RENUNCIE!"

miércoles, 15 de julio de 2009

el mensaje de las urnas

“Hay que escuchar el mensaje de las urnas” dicen quienes ayer anunciaban un inminente fraude o un voto cautivo del endémico clientelismo oficial. Y el gobierno, tal parece, tiene un déficit de interpretación. ¿Qué debe hacer la presidenta para demostrar que entendió ese mensaje que consagró ganador en Buenos Aires a Francisco de Narváez? ¿Privatizar todo, como dijo el candidato el martes? ¿O estatizar todo, como dijo el miércoles? ¿Devaluar, como piden las cámaras industriales? ¿O seguir el modelo exitoso de la Ciudad y abrir tintorerías y prostíbulos, como pregona el Jefe de Gobierno porteño? Acaso, si el gobierno insiste en su sordera, sea necesaria otra jornada gloriosa como la de la 125, con la gente saliendo a la calle con las cacerolas y las pancartas de “yo estoy con la devaluación”, “Cristina, congelá los salarios o andate” o “¿Qué me importa a mí Honduras?”
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Todavía se pueden ver en las calles de la ciudad los afiches de Unión Pro, esos que sólo muestran una flechita que apunta a la derecha. Ese parece ser el inequívoco mensaje de las urnas. Lo notable de una campaña en la que prácticamente ningún candidato esbozó una idea o un programa (con la excepción de la propuesta de Narvaéz de elevar la expectativa de vida de los argentinos, algo que ya se habría logrado si lo hubiesen dejado a Adolfo Rodríguez Sáa plantar sus 100.000 árboles) es que después de las elecciones el ganador puede reclamar libertad de acción. O al menos, la libre interpretación del mensaje de las urnas. Así, el “clima destituyente” de 2008 se transforma, en 2009, en “hermenéutica destituyente”, como en el caso de los recientes cambios en el gabinete. Se le reprocha al gobierno que se trata de cambios cosméticos. Todo es “más de lo mismo”: hay Fernández por todos lados. La lógica detrás de esa crítica es irreprochable: cualquier cambio de gabinete es realizado por la misma persona, por lo tanto, es más de lo mismo. Se fue el Ministro de Economía, pero sigue el Secretario de Comercio. Mañana se va el Secretario de Comercio, pero sigue el Ministro de Planificación. Pasado mañana se irá el Ministro de Planificación, pero todo sigue igual, porque sigue la misma presidenta...
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Y el mensaje de las urnas, tal parece, pide cambios. Se eligió a un candidato que es dueño de canales de televisión, una señal inequívoca de que se espera un urgente tratamiento en el Congreso de la Ley de Radiodifusión. Se piden cambios de fondo en el Poder Ejecutivo. Acaso haya sonado la hora de la despedida para el vicepresidente.